¿Hacia el bicentenario en llamas?

Álvaro Campana

Elocuente la imagen en la que se ve humo levantándose tras la estatua de La Victoria erigida para recordar el triunfo bélico peruano frente a las pretensiones de España de recuperar las colonias un dos de mayo de 1866. Estamos apenas a unos años de la conmemoración del bicentenario de la independencia (más allá de las discusiones sobre la fecha, sigue siendo importante recordar el 28 de julio de 1821 como un hito) y la promesa neoliberal de llevarnos pretenciosamente al club de los países desarrollados de la OCDE hace agua, mientras el país se incendia como las galerías donde mueren trabajadores quemados porque fueron encerrados como esclavos por sus empleadores a cambio de unos centavos.

Desde la emergencia negada por dengue en Piura, la desnutrición crónica de niños en los distritos centrales de Lima, hasta la evidencia que nos deja el fenómeno del niño costero del país de papel que hemos construido en medio de los años de bonanza de los precios altos de los minerales; la leche bamba, pasando por las protestas de madres y niños con plomo en la sangre de Cerro de Pasco amenazados con ser desalojados en su protesta en Lima; la paralización ya prolongada en Andahuaylas contra la corrupción y la huelga de maestros en Cusco que escala rápidamente; anuncian que el país se sumerge en el malestar mientras difícilmente podemos hablar de gobierno, alternativas y todo parece girar en la insistencia de poner los negocios de algunos grupos de poder por delante para pretendidas élites que no lo son.

Todo indica que no hemos llegado aún al fondo, es decir que esto se puede poner peor. La mafia fujimorista busca construirse como la salida de fuerza que tengan los grupos de poder para defender los privilegios que todos estos años han ganado, mientras el régimen político, el modelo económico y el consenso neoliberal siguen hundiéndose de la mano de los frívolos tecnócratas que dicen gobernar el país, sin que se atrevan a hacer siquiera una tímida reforma. Mientras desde los diarios, varios voceros empresariales continúan insistiendo en que el ruido político no desmorone su fantasía, los columnistas insisten en que el estado no regule, no planifique, no diversifique que eso se hará espontáneamente gracias al mercado y que no debe meterse.

Ni liberales institucionalistas políticamente correctos, ni las izquierdas sociales y políticas avejentadas, parecen mostrar el vigor necesario para reconectarse con el país, ni convertirse en alternativa de gobierno o poder. Las primeras son demasiado temerosas, y no asumen la profundidad de la crisis de la democracia neoliberal que no se puede seguir parchando, mientras que las izquierdas siguen mirándose el ombligo, recurriendo a viejas fórmulas ideológicas de bastón y en interminables disputas de minúsculos poderes. Entretanto, la aplanadora fujimorista aceitada con el dinero del narcotráfico avanza incontenible en el congreso, en los territorios, en la vida cotidiana de la gente con ayuda de los sectores más reaccionarios del país entre ellos los grupos de religiosos fanáticos.

Todo anuncia que el bicentenario llegará con la descomposición neoliberal, el cierre democrático y que la salida autoritaria derechista es un posible derrotero para el país. Estamos en una crisis en la que surgen los monstruos como dice Gramsci, pero sin claridad de lo nuevo que nace, y con bastante evidencia de que lo viejo se resistirá a morir a cualquier costo. Siempre hay salidas, la historia está cargada de sucesos intempestivos, las encrucijadas pueden abrir distintos rumbos. Es hora de pensarnos como país en serio, de dotarnos de un proyecto histórico sustentado en eso nuevo que está también ahí, abonándose en medio de la descomposición. Existen fuerzas que se formaron en la resistencia contra el fujimorismo, el baguazo, la ley “pulpín”; hay comunidades que resisten, gente que todavía se indigna, que quiere algo distinto para sus hijos e hijas. Es hora del pesimismo de la realidad, pero también del optimismo de la voluntad como decía el gran Antonio.