Vigencia del tunchi en el sistema de justicia peruano

Autor: 
Alberto Chirif

Una primera aclaración es necesaria para quienes no son amazónicos por nacimiento o elección. El tunchi es un personaje habitual en el mundo de representaciones de la cultura popular amazónica, tanto mestiza como indígena. Los pueblos jíbaros, por ejemplo, identifican con este nombre al hechicero que hace daño disparando virotes invisibles contra los enemigos que quiere matar. Para todos se trata de un personaje maligno y dañino, y, por lo mismo, temido, que suele anunciar su paso con un silbido siniestro.

La decisión de optar por este título no me ha sido fácil por la competencia con otros que consideré posibles. Uno de ellos era: “Si usted no tiene dinero, cuide que no lo asesinen”. Si esto le pasa está fregado, no tanto usted, que ya está muerto y más fregado que esto no puede estar, pero sí sus deudos. Ellos gastarán el poco dinero que tienen para nada. La suerte estaba echada por ser pobre. Otro título posible apelaba a un dicho conocido: “Se dice el pecado pero no el pecador”. Y la verdad es que al reflexionar sobre el sentido de este refrán a la luz de lo que narro en estas páginas, recién se me reveló la profunda hipocresía que encierra. Dicho de otra manera, la sentencia queda así: “reconocemos que se han cometido asesinatos, robos, estafas (adendas), violaciones y demás crímenes, ¿pero para qué señalar culpables?”. Lo del rabo de paja es una justificación para no hacerlo, pero hay otras, como la incomodidad que puede generar en la policía y el fiscal de un remoto pueblo amazónico (¡con tanto calor!), el tener que investigar la trama y desenlace de un asesinato ocurrido muy lejos de su sede, que además tiene como víctima a una persona que es mujer e indígena o viceversa. Lo mismo da.


Doña Rosa preparando casabe en su chacra. Nueva Esperanza, 2013. Foto: Alberto Chirif

En el camino, abogados solidarios que no lo fueron dejaron pasar plazos, lo cual debe haber alegrado mucho al fiscal, y nunca insistieron en las pistas que había que seguir para hacer justicia a la víctima. El fiscal tampoco recordó que tratándose de delitos penales el agraviado es el Estado y que por tanto, como su representante, es quien debe asumir la investigación y la sanción del responsable. En fin, se produjo un tipo de confabulación, posiblemente inconsciente y solo guiada por la inercia, que dio como resultado que el tema del asesinato de doña Rosa Andrade fuese olvidado en los cajones de los escritorios mugrosos, o tal vez limpios, de la policía de Pebas y de la Fiscalía de Caballococha.

Hay cadáver pero no asesino. El tunchi es el responsable

Claro, hay excepciones a esta dinámica. A veces las cosas funcionan de manera normal, por decir, acostumbrada. En esos casos, fiscales y jueces evitan la intervención de los poderes lejanos comandados por fuerzas malignas y declaran inimputable al acusado de un delito, libre de polvo y paja, mediante razonamientos que ellos conocen y manejan con maestría.

Doña Rosa Andrade

La comunidad de Nueva Esperanza está ubicada en el río Yaguasyacu, afluente del Ampiyacu por su margen izquierda que, a su vez, tributa en el Amazonas. La cuenca pertenece al distrito de Pebas (Ramón Castilla, región Loreto). Se trata de una comunidad pequeña compuesta básicamente por dos familias: los Andrade, la principal, y los Vásquez. Ellas están unidas por lazos de parentesco. Ahí vivió doña Rosa Andrade Ocagane, de 67 años de edad, hasta el 25 de noviembre de 2016 cuando fue asesinada.

Doña Rosa era ocaina por parte de padre, identidad que caracteriza a la comunidad, y resígaro por su lado materno. Hablaba bora por su esposo, don Vicente Rodríguez, fallecido hace unos años; y huitoto, otra de las lenguas importantes en la cuenca, además de castellano, en el que se manejaba con mucha propiedad. Para dar una idea de su capacidad lingüística debo decir que se trata de lenguas ininteligibles entre sí. El carácter políglota es frecuente en personas de su generación. Su hermano, don Pablo, también lo es, al igual que su cuñado, don Carlos Vásquez. En cambio, las generaciones más jóvenes solo hablan castellano. Argumentan que esto se debe a que sus padres hablan cada uno una lengua indígena diferente, lo que los obliga a comunicarse en castellano. Pero esto no es cierto porque el área toda de asentamiento tradicional de estos pueblos, que cubre desde el Caquetá por el norte (Colombia) hasta el Putumayo por el sur fue siempre multilingüe. La pérdida de las lenguas en las generaciones actuales es posterior a la instalación de las escuelas públicas, después de la segunda mitad de la década de 1950.

Doña Rosa y su hermano Pablo eran los dos únicos hablantes de resígaro -lengua del tronco Arawak- que quedaban sobre la Tierra. Por su exotismo, este dato ha despertado curiosidad en mucha gente, incluso del extranjero, pero lamentablemente no ha servido para que se busque justicia por su asesinato. La disminución de personas hablantes de esta y otras lenguas de dicha zona tiene que ver con la caída demográfica del pueblo Ocaina que, al igual que los Huitoto, Bora, Andoque y otros, sufrieron las consecuencias de los crímenes cometidos por los caucheros en el tránsito del siglo XIX hacia el XX; y por las epidemias que se desataron en la zona, a raíz del conflicto armado que enfrentó a Colombia y Perú, en 1933, por la definición de fronteras.

Con su primer esposo, doña Rosa tuvo dos hijos: Felipe (ya fallecido) y Norma Flores Andrade que vive en Leticia (Colombia); mientras que con don Vicente tuvo dos más: Cléver, docente, y Vicente Rodríguez Andrade que vive en Lima.

El relato que presento es producto de la conversación que tuve con su hermano Pablo, en Iquitos, a mediados de junio de 2017.

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¿Cómo llega el supuesto asesino? ¿Cómo es que pasó eso? Lo han botado de la comunidad de Estirón de Cuzco. Lo han sacado. No querían que está en Estirón de Cusco. Entonces ha venido a Nueva Esperanza. Un señor que trabaja coca, él le recibió y le han mandado al centro, a su cocal, para que vaya a cultivar su coca. Entonces el camino pasaba por la chacra de mi hermana. ¡En paz descanse! Por ahí pasaba el camino. Por eso decimos que nadie, nadie... no había gente extraña que transitó por ahí. Él nomás el único que podía ser. Unos dos muchachos de Nueva Esperanza que estaban allá, trabajando allá, cultivando esos cocales que tiene, le vieron. Estábamos aquí en la comunidad cuando mi hermana se fue casi a las diez de la mañana, algo por ahí, por el camino que va al centro. Él también se fue a las diez de la mañana de la comunidad. O sea por su chacra de mi hermana pasaba el camino que se va allá a los cocales.

Entonces, ese hombre del monte llegó [regresó] a las seis de la tarde. Él se fue a las diez de la mañana de la comunidad. ¿Cómo ha llegado a las seis de la tarde si hay dos horas nomás de allá? Por eso le culpamos a él. No había más. Nadie más, gente particular. No había otra gente. El único ese hombre que transitó por ahí. Llegó a las seis de la tarde. Bien preocupado llegó. Entonces los muchachos decían, ¿qué tienes? Y él no estaba tranquilo. Falta pruebas, dicen, ¿no?, las autoridades. Entonces el culpable de frente... ¿Quién más? No había más. Y se va a contarles... Dice a los muchachos “está atacando pelacara [degollador mitológico que equivale al “pishtaco”] en Esperanza”, dice.

Eso se fue a decirles a los muchachos. “Están atacando los pelacaras”, dice, “a mí señora le han atacado”. Él dijo eso frente a los muchachos allá, a sus hijos de Fernando Montes. “Están atacando los pelacaras. A mi señora le han atacado”. Entonces mi sobrina se va a decirme a las seis, seis y media de la tarde, tío, me dice, mi tía no llega. De repente... Anda búscale, me dice. La chacra es a unos veinte minutos de allí. Me fui, me fui gritando, gritando... Más un rato venían los muchachos jóvenes con linterna. Yo no veo muy bien. Búscale por ahí. Y han buscado por la chacra los muchachos, los jovencitos. Nada. Vamos, dijimos. Hemos vuelto. Más un ratito otra comisión se fueron en busca de ella. Nada. Ya casi a la una de la madrugada... Entonces planeamos. Vamos a salir a las seis de la mañana en búsqueda. Y salimos toditos, y a las seis y media la encuentran en la chacra, ahí donde le han arrojado, unos veinte metros. Está sin cabeza. Entonces de ese... había una bota [huella] lo que se fue en el camino [por donde pasó], lo que va a centro. No había más... La policía ha visto. Ahí cuando se fue hacer levantamiento de cadáver, ahí ha visto. Ahí ha visto. ¡Cómo será la policía también!... Ahí han hecho levantamiento de cadáver. Ahí han visto, por aquí se fue [el asesino]. Entonces él ha sido, el único... No hay más.

Él vivía en la comunidad [de Nueva Esperanza] un mes. Estaba en su casa de Carlos Vásquez. Porque le han botado de Estirón del Cuzco ha venido a vivir ahí. Le botaron por mala conducta. Aquí le han recibido cuando le han botado. No tenía hogar [en Nueva Esperanza]. Ahí vivía con Carlós Vásquez el viejo, en su casa, ahí vivía. Un mes que ha llegado, un mes que está sucediendo [el asesinato]. Entonces el culpable es nada más él. ¿Quién más? No hay nadie más. Él ha sido el único que transitó por ahí. Él tenía su mujer. Su mujer estaba ahí donde Carlos Vásquez, y su mujer dice él ha sido. Así ha dicho su mujer. Él ha sido, dice su mujer.

Entonces cuando le velamos a mi hermana finada, tres días le han llamado al velorio [al supuesto asesino]. No se fue. Se fue otra autoridad a llamarlo: ¡Anda! Dile para que venga al velorio. No se fue. Tres veces se fueron. La última se fue su sobrino René Vásquez. Tampoco no se fue. No se fue al velorio. No se fue. Ni su señora. Los tres días que le hemos velado a mi hermana, no se fueron. Nosotros lo hemos capturado. Le pusimos en manos de la policía. Entonces la policía, cuando se fueron... Su hijo [de doña Rosa] ha venido de Lima. El policía le entregó su arma allá: Si él ha sido, toma mi arma y mátalo. Así le ha dicho el policía. Pero mi sobrino Vicente no ha querido. Así le ha dicho el policía: Si él ha sido, toma mi arma y mátale. Así ha dicho el policía. Vicente es su hijo que está en Lima. Policía le dijo, ¡mátale, pues! Él no se ha atrevido. Su abogado dice allá en Lima le ha dicho, no vas a hacer nada como sicario. El policía le ha dado su arma, ¡mátale!

Entonces, ¿cómo podemos hacer? Su mujer ha dicho él ha sido y la policía no ha investigado eso. La Frida [Vásquez, sobrina de doña Rosa] es lo que sabe. Llámale a Frida. Ella sabe, ella trabaja con comunidades. Su tía era mi hermana. Mi sobrina es ella. Es lejana. Vive de Iquitos, así en Zungaroccha [a 40 minutos de Iquitos].

El hombre [el presunto asesino] se llama Rubén Mendoza Isuiza. Es un dañado [vago, drogadicto], un moreno. No es bora ni huitoto, es un moreno. Negro es de Tarapoto. Su señora es de Estirón de Cuzco, una paisana. Ahí viven boras y ocainas. Ellos no hablan [lenguas indígenas] ya. Ahora el tipo trabaja en Pebas, del estadio en la esquinita, donde Armando Vega. En el mismo Pebas. Ahí trabaja. El fiscal se fue a la comunidad. Defensoría de la Mujer ha traído al fiscal para que vea, y tampoco no hace nada, pues. No hace nada el fiscal. Nada. Ellos tienen mucho conocimiento. Mi hermana iba a cobrar una pensión de su hijo que murió al caerse de un segundo piso. Unos dicen que le han matado a su hijo, el profesor Felipe. Ella iba a cobrar su plata. Eso puede haber despertado la ambición de alguna persona.

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Han pasado nueve meses desde el asesinato de doña Rosa y los tunchis han jugado su papel acostumbrado. A quienes la queremos nos queda la seguridad que ella, sonriente, habita ahora el Olimpo amazónico libre de la hipocresía de malignos personajes.