Amazonía: Verdades que cambian

Autor: 
Marc Dourojeanni

Una serie de verdades que fueron consideradas más o menos incontestables durante muchas décadas en la Amazonia fueron progresivamente transformadas en falacias a consecuencia de contextos socioeconómicos cambiantes, de nuevos hallazgos de recursos naturales y por el desarrollo de nuevas tecnologías. Este fenómeno tuvo una fuerte aceleración durante los últimos 20 años de la historia amazónica. Es interesante discutir esas “verdades” que hasta fueron premisas sobre la Amazonia pues, durante mucho tiempo, unas sirvieron para justificar el desarrollo convencional que la ha llevado a su actual situación de descalabro ambiental y, asimismo, otras sirvieron de argumento a los que intentaron conservarla o aprovecharla de forma sostenible. Esas verdades de antaño que perdieron sustento en la actualidad no deben ser confundidas con aquellos mitos amazónicos que nunca fueron más que eso pero que, también, contribuyeron a forjar la realidad actual.

Esas verdades o medias verdades del pasado incluyen la idea del “gran vacío amazónico”, la incapacidad de los suelos para soportar la actividad agropecuaria y la baja contribución de esa región a las economías nacionales. Entre los mitos o casi mitos de antes y de hoy deben mencionarse, obviamente, el concepto de la “tierra virgen” y la idea del “pulmón del mundo” y la persistente noción de que las “potencias neocoloniales quieren invadir la Amazonia”. A estos puede ahora añadirse la supuesta importancia del recurso forestal maderero y la viabilidad de manejarlo sosteniblemente así como la tan promocionada utilidad del zoneamiento ecológico-económico para ordenar el uso del territorio. También hay una serie de nuevas realidades que dos décadas atrás no eran llevadas en serio, como la concentración urbana en la Amazonia, la comprobación del cambio climático global, la existencia de una infraestructura ya considerable y rápidamente creciente, el rol predominante del Brasil en los territorios de los países amazónicos vecinos y, entre otras, el reconocimiento de grandes territorios indígenas así como el creciente rol político de la población indígena amazónica.

No puede abordarse en esta nota, menos aún con la profundidad debida, tantos temas tan complejos. Pero se hace un intento de explicarlos, a modo de introducción al asunto, esperando que informen y estimulen a pensar más sobre esa región cada vez más intensamente transformada.

Vacio amazónico, tierra virgen e indios bravos

El primer tema es el que se refiere al “vacío amazónico” y por extensión, al de la “tierra o selva virgen” y al de la existencia de “indios bravos”, hoy eufemísticamente denominados “en aislamiento voluntario”. Para comenzar existen hoy sobradas evidencias científicas que demuestran que la Amazonía, inclusive en su llanura, soportó poblaciones humanas mucho más elevadas que lo supuesto hasta poco tiempo antes de la conquista de América del Sur por españoles y portugueses y que, según muchas pruebas, en ella existieron culturas y civilizaciones insospechadamente desarrolladas. Su desaparición, como la de tantas otras culturas en selvas tropicales del planeta, es y continuará siendo motivo de discusiones pero éstas no desdicen el hecho de que la Amazonia no fue un “espacio vacío” y que donde esas culturas se instalaron no hubo nada parecido a “tierra virgen”.

Alimentar esas poblaciones y producir excedentes para posibilitar el desarrollo cultural y para relacionarse con otras culturas sólo se consigue mediante impactos significativos en la naturaleza. Otra cosa es que, después de extinguidas las civilizaciones, el bosque recuperó el espacio borrando las huellas más evidentes, más no todas. De otra parte, la población indígena amazónica que sustituyó a los desarrollos culturales previos, aunque en general tuvo una densidad muy baja, también ocupó prácticamente todo el territorio en base a la técnica de rotación de campos de cultivo y de áreas de colecta, caza y pesca. Los dos últimos siglos, pero en especial los últimos 50 años vieron la desaparición de esos indios “bravos” de los que apenas unos pocos miles quedan y que ahora son conocidos como indígenas en aislamiento voluntario. O sea, no existe en la Amazonia ningún espacio vacío, ni tierra realmente virgen ni, mucho menos, indios bravos a los que debe temerse.

Más aún, la Amazonia considerada como selva, es decir la que está cubierta de bosques, ha perdido seguramente más del 40% de su extensión durante los últimos 300 años. Sus pérdidas más antiguas en tiempos coloniales y durante el primer siglo o más de vida independiente, no registradas en los sistemas de medición de la deforestación actuales, fueron en las faldas andinas de Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia, entre los 4000 y los 2000 metros sobre el nivel del mar, donde la población andina desbordó para criar ganado en forma extensiva y practicar una agricultura itinerante inadecuada para la realidad topográfica y ecológica de la región. Millones y millones de hectáreas de laderas de montañas hoy desnudadas de toda vegetación dan fe de eso.

En los últimos 50 anos, principalmente en el Brasil pero también en todos los demás países, el ataque a los bosques amazónicos ha sido realizado mediante la apertura de carreteras cada vez más profundas, con el pretexto de asegurar presencia nacional en las fronteras y de habilitar el territorio para la expansión de la pecuaria y la agricultura y el saqueo de maderas valiosas. Según los gobiernos, expertos en disimular la verdad cuando no les conviene, esa última etapa de deforestación apenas significa una reducción media (adicional a la que es histórica) de un 18% los bosques.

Pero, evaluaciones independientes duplican esa cifra y señalan, asimismo, que las estadísticas gubernamentales y de las Naciones Unidas, que son su caja de resonancia, omiten cuidadosamente hablar de degradación de los bosques, que atinge fácilmente más del 60% de los bosques que quedan en pie.

A todo eso debe agregarse que la población amazónica, aunque su densidad sigue siendo baja, ha crecido mucho representando casi el 16% de la población del Brasil y más del 13% de la del Perú. El censo de 2010 reveló que hay 16 millones de personas en la Amazonia brasileña. Además, la población amazónica es la que tiene actualmente el crecimiento anual más rápido. O sea que, en realidad, no solamente es falso que la Amazonia sea un gran espacio desocupado con selva virgen llena de fieras y de indios guerreros, sino que también es mentira que esa región, vista como bosque, sea tan grande como se cree. Sin embargo, curiosamente, ese tipo de argumentos continúa siendo omnipresente en los discursos y propuestas de políticos ignorantes o sin escrúpulos, visionarios megalómanos, geopolíticos ultranacionalistas y de aquellos empresarios que anteponen sus intereses al de las mayorías.

¿Pulmón del mundo? Cambio climático

Es triste ver que muchos aún usan el argumento de que la Amazonía es el “pulmón del mundo” para justificar la defensa de los bosques amazónicos, haciendo un magro servicio a esa causa. Hace décadas que esa idea, que por cierto es llamativa, ha sido científicamente descartada. Los bosques amazónicos, como otros, brindan numerosos servicios ambientales esenciales, como por ejemplo el de fijar carbono, pero no son productores netos de oxigeno. Además, hasta la figura usada en este caso es inadecuada pues los pulmones no emiten oxigeno para fuera del cuerpo al que sirven. En verdad, los pulmones de un ser compiten por el oxigeno contra los pulmones de los demás seres pulmonados. Captan el oxigeno del aire y lo ponen a disposición de las células del cuerpo o del ser al que pertenecen que en este caso serían, figurativamente, las propias plantas que conforman el bosque amazónico.

 

 

Otra cosa es hablar de los bosques con relación a la realidad representada por los relativamente nuevos conocimientos y sus confirmaciones sobre el aumento del contenido de CO2 en la atmosfera y, en este caso sí, del rol de bosques como el amazónico en la fijación de carbono en la biomasa y en el suelo, lo que puede compensar las emisiones de ese gas decurrentes de múltiples actividades humanas. Este tema es, si, un argumento de peso para mantener el bosque en pie y sin degradación pues, como demostrado por ecólogos y economistas, el costo de mantener el bosque es bien menor que el costo de evitar la contaminación del aire o de reducir el nivel de carbono en la atmosfera. Ya hay negocios de este tipo en plena ejecución y muchos más vendrán cuando, finalmente, las negociaciones internacionales lleguen a su término, lo que puede demorar pero que es inevitable. De otra parte ya ha sido probado que conservar el bosque para negocios de carbón puede ser mucho más rentable económicamente que criar ganado en forma extensiva como se continúa haciendo en la mayor parte del área deforestada.

Pero, conservar el bosque no solo es económicamente interesante para negocios de carbono. También lo es para garantizar el funcionamiento regular del régimen hidrológico y de otros ciclos bio-geo-químicos y, obviamente, para mantener la diversidad biológica. El asunto de la disponibilidad regular del agua y de su calidad es central en términos sociales y económicos. Como bien se sabe ya son muchas las ciudades de piedemonte andino-amazónico que sufren periódicamente de escasez seria de agua y muchas otras ciudades y villas no encuentran más agua limpia debido a la contaminación de minas y de explotaciones de hidrocarburos. Cuando empresas, muchas de ellas brasileñas, contribuyen mediante obras y explotaciones ambientalmente descuidadas a deforestar la Amazonia de los países andinos, también llevan la destrucción y la miseria a su propio territorio, provocando sucesivamente inundaciones y sequias extremas.

Calidad de los suelos para la agricultura, zoneamiento ecológico-económico

Una de las verdades casi indiscutidas de edafólogos, ecólogos, planificadores e inclusive de agrónomos de hasta 30 años atrás era que la mayor parte de la Amazonia carece de suelos capaces de soportar actividades agropecuarias en forma sostenible. En los años 1970 las cifras más comúnmente mencionadas eran que apenas un 3% podrá servir para agricultura en limpio y que en total solo 10 a 11% de la región soportaría agricultura y pecuaria. Todo el resto apenas tendría vocación forestal de producción o de protección. Eso era argumento para preservar la mayor parte del territorio o dedicarlo apenas a una explotación forestal cuidadosa, lo que obviamente no ocurrió.

Pero los porcentajes de tierras aptas para usos agropecuarios fueron aumentando con cada revisión, en base a la aplicación de nuevos criterios empujados por el propósito de expandir la ocupación de la región o, si se prefiere de colonizarla y en parte gracias a nuevas variables económicas y tecnológicas. Por ejemplo, la falta de fosforo o el exceso de aluminio y la acidez, entre muchas otras limitaciones podrían ser corregidas si el transporte era más barato mediante buenas carreteras, si el valor de mercado de los productos subía o si se descubrían nuevos yacimientos de fosfatos y calcáreos. En la actualidad, ese tipo de argumento para evitar el cambio de uso de la tierra, o sea la deforestación, perdió validez. Eso quedó perfectamente demostrado con la rápida ocupación y el éxito económico agrícola del cerrado brasileño, cuyos suelos no son mejores que los de la Amazonía y, también, con la actual ocupación agropecuaria de la parte amazónica de Mato Grosso o de Pará. En verdad, como bien se sabe, puede cultivarse sosteniblemente casi en cualquier lugar, inclusive en una nave interplanetaria. Hacerlo es tan solo un problema de necesidad o de costo. La tecnología existe y puede avanzar mucho más.

También data de los años 1970 la idea del zoneamiento ecológico-económico, una versión tropical, en verdad brasileña, del ordenamiento territorial europeo. El zoneamiento usa, en gran medida, la información sobre capacidad de uso del suelo. Fue aplicado en Rondonia, en la década de los años 1980 y luego se expandió a todo el Brasil en las décadas siguientes y asimismo fue exportado a los países andino-amazónicos. No cabe discutir la necesidad o la utilidad de ordenar el territorio mediante el uso de la información sobre el potencial de los suelos, ecología, hidrología, distribución de la población, recursos naturales disponibles y demanda económica. Tampoco cabe discutir que el zoneamiento debe resultar de un proceso socializado, consultado, consensuado y que puede ser revisado. Todo eso es obvio. Pero lo que es igualmente obvio treinta años después de ser puesto en práctica por primera vez y de haber consumido años de esfuerzo de profesionales y de haber gastado fortunas en preparar mapas coloridos y organizar reuniones para discutirlo, es que fuera de educar, esos procesos no sirvieron para nada. Todos y cada uno de los ejercicios de zoneamiento realizados hasta el presente han ofrecido resultados efímeros y no han ayudado a evitar la ocupación caótica de los territorios en que fue aplicado. El último episodio acaba de producirse en el Estado de Mato Grosso, en Brasil, donde un largo y meticuloso trabajo de zoneamiento consensuado fue convertido en una payasada por intereses e ignorancia de los legisladores de la Asamblea Estadual que debían sancionarlo. Hasta el presente, el único ordenamiento territorial que ha funcionando más o menos es el que resulta del establecimiento de áreas protegidas, territorios indígenas y de la titulación efectiva de propiedades.

Amazonia cada vez más urbana, menos rural y con más y mejor infraestructura

El 74% de la población de la Amazonia brasileña vive en las ciudades. Este porcentaje es menor en el Perú (54%) pero crece a gran velocidad y, en ambos países el crecimiento de la población urbana es mucho mayor que la rural. Es decir que son los habitantes urbanos, también en la Amazonia, los que más influencian y que finalmente toman las decisiones sobre la región a pesar de que su conocimiento de la realidad sea parcial y que, muchos de ellos, prácticamente jamás salgan de los límites urbanos. Ellos saben de la Amazonia tanto o menos que los habitantes de las capitales de los países pero, el sentido de “estar lejos” los hace tender a aceptar como deseable la construcción de más vías de comunicación y la ocupación rápida de todo el espacio y, claro, el cambio de uso de la tierra de bosques a agricultura, como en los paisajes de donde ellos son originarios. Ellos también demandan energía y, por eso son favorables a la explotación de hidrocarburos y a la construcción de grandes centrales hidroeléctricas. Más aún porque reciben beneficios financieros (canon petrolero, por ejemplo) o empleos privilegiados de esas actividades económicas.

El aumento de la población urbana es, en gran medida, fruto de la migración local. Campesinos ribereños o habitantes del bosque incluido indígenas, son atraídos a la ciudad por las supuestas o reales ventajas que ésta ofrece pero su falta de preparación los empuja a las periferias miserables de ciudades como Iquitos y Pucallpa, en Perú o de Manaos, Porto Velho y Rio Branco, en Brasil. En este último país el caso más extremo es el de Laranjal do Jari. Todas las capitales amazónicas poseen extensos cinturones de miseria y sufren de gravísimas carencias de saneamiento urbano, entre otros servicios.

En países como Ecuador, Bolivia y Perú los nuevos indígenas están considerablemente asimilados a la vida de las mayorías nacionales. Ellos han emprendido una lucha frecuentemente radicalizada por reivindicaciones que en unos casos son justas y que en otros son descabelladas como cuando, siendo una ínfima minoría nacional, pretenden imponer puntos de vista sobre todos los habitantes de grandes naciones. Lo hacen inclusive en países como Bolivia y Perú que poseen enormes poblaciones de indígenas andinos que no piensan como ellos. Esos indígenas amazónicos modernos, altamente politizados y bien organizados, son una nueva realidad casi insospechable dos o tres décadas atrás. Además, ellos poseen legalmente una enorme tajada de la Amazonia, especialmente en el Brasil donde sus territorios alcanzan más de 100 millones de hectáreas o sea un 20% de su territorio amazónico. En Colombia también poseen un porcentaje considerable de la región y en el Perú a cada año acumulan más tierras.

Otra de las verdades de antaño que perdió gran parte de su peso en la actualidad es el de una Amazonia sin infraestructura. Todos los países, pero en especial el Brasil, han construido una densidad de obras públicas, principalmente carreteras e hidroeléctricas que posibilitan el desarrollo visible y que del mismo modo están íntimamente asociados a la eliminación masiva de los bosques para especulaciones agropecuarias. Lo que existe ya es mucho pero lo que está previsto hacer en las próximas dos décadas es enorme en términos de carreteras, ferrovías, hidrovías, hidroeléctricas, aeropuertos y, en especial, para facilitar la expansión de la explotación de hidrocarburos y de recursos mineros. La densidad de intervenciones infraestructurales prevista en Brasil, Perú y Bolivia hará que prontamente desaparezcan las diferencias con otras regiones de esos mismos países. Muchas de esas obras, como es bien sabido, se justifican apenas para satisfacer intereses empresariales (especialmente financieros y de construcción civil) o geopolíticos.

¿Amazonia forestal? ¿Puede manejarse sosteniblemente el bosque natural amazónico?

Hace unos 60 años que, con apoyo del Departamento de Montes de la FAO, se iniciaron en el Brasil y poco después en otros países de la región, los experimentos de manejo sostenible de bosques naturales. Eso respondía a una de las verdades predominantes sobre la Amazonia basada en la evidencia de que estaba cubierta de bosques exuberantes. Se acuñaron slogans como “país forestal” y se vendió el criterio que esa era la mayor riqueza de la Amazonía que podría dar renta en forma sostenible por los siglos de los siglos. Lamentablemente, después de tantas décadas de cuantiosas inversiones en formación de ingenieros forestales, investigación, inventarios forestales y planes de manejo que jamás fueron aplicados, puede afirmarse que no existe manejo forestal en la Amazonia y que en realidad eso de la riqueza forestal y de su carácter sostenible no pasó de una ilusión. Hoy, los bosques que sobran están degradados y siguen siendo explotados de manera anárquica e insostenible, no ofreciendo beneficios significativos a la economía nacional y mucho menos a la sociedad.

¿Qué pasó? La respuesta es simplemente que los bosques naturales amazónicos no son tan valiosos en términos madereros como parecen y, más que todo, que los gobiernos jamás consiguieron imponer un mínimo de orden en su explotación, lo que ni siquiera fue resuelto con los ejercicios de certificación voluntaria. La razón es que no es posible hacer manejo forestal, o sea un negocio complejo, de largo plazo y que requiere de grandes inversiones, si todos los vecinos del inversionista forestal serio explotan la madera cómo y dónde quieren, sin respetar la ley y, donde no se le ofrece ni siquiera la garantía de que su bosque no sea invadido por agricultores o madereros. Peor aun cuando el gobierno, en lugar de apoyar a los inversionistas serios, se dedica a torturarlos con la más rebuscada burocracia, mientras no ve, no quiere ver, la ilegalidad que domina al 95% o más de la explotación forestal. Además, hay que reconocer que hacer manejo forestal de bosques naturales tropicales cumpliendo todos los requisitos, algunos de ellos estrambóticos, exigidos por los organismos internacionales y replicados por los servicios forestales nacionales es tarea imposible si se pretende algún lucro. Ni siquiera la Malasia, que por ocho décadas ha sido ejemplo mundial de manejo forestal, consiguió pasar el examen de los filtros conocidos como “criterios e indicadores de sostenibilidad” que, así, son otro estimulo de la ilegalidad. Prueba de lo dicho es que los forestales del Brasil, por ejemplo, han preferido dedicar sus esfuerzos a la reforestación o silvicultura, es decir a trabajar con especies madereras domesticadas como el eucalipto o el pino. Y en eso tuvieron todo el éxito que es bien conocido.

Personalidades muy conocidas de unos 30 años atrás previeron esta evolución. Ellos fueron muy criticados por atreverse a decirlo, inclusive por el autor de esta nota que entonces no compartía ese criterio. Pero la evidencia está allí. Los bosques tropicales naturales no son un recurso natural renovable. Si se les explota, se les destruye. Para manejarlos sosteniblemente sería necesario, antes, reconstruir los estados de los países tropicales, transformarlos en democracias verdaderas donde predomina la ley y el orden. Pero todo indica que cuando se logre eso ya no existirán bosques naturales.

Una nueva geopolítica

También cambió mucha cosa en la visión de los que hacen política internacional sobre la Amazonia. Aunque continúa vivo el mito, pues así conviene a algunos políticos baratos, de que los EEUU u otras potencias tienen el propósito de invadir, anexar o internacionalizar la Amazonia ya nadie cree seriamente que eso sea verdad o posible. El nuevo argumento para vender el temor a ese riesgo se sustenta en la importancia de la Amazonia como depósito de un carbono que podría agravar el proceso de cambio climático. Esa importancia es real pero, por mil e una razones científicas y económicas, ninguna potencia ni todas ellas juntas precisan internacionalizar la Amazonía para eso. Basta, para resolver el problema, que los países ricos paguen lo justo a sus dueños actuales. Otro argumento que los políticos gustan mencionar es que los países ricos quieren dominar la Amazonia porque “los gobiernos de los países amazónicos demuestran incompetencia o falta de voluntad de cuidarla”. Eso, como bien se sabe, también es verdad. Pero no justificaría gastar la fortuna que costaría esa intervención y sufrir los indescriptibles conflictos que ese paso implicaría, cuando existen otros ecosistemas como los contenidos en mares y océanos, que cumplen la misma función y que también deben ser protegidos. En fin, todo eso no pasa de una estupidez.

El Brasil ocupa más de la mitad de la Amazonia. Lo hizo poco a poco, pero con pasos grandes y no siempre pacíficamente. Todos los países amazónicos desarrollaron políticas de ocupación de fronteras (“fronteras vivas”) para frenar ese avance. Pero el país que más desarrolló ese tipo de estrategia fue el Brasil. El apogeo de esa geopolítica fue durante los gobiernos militares que crearon una red de caminos fronterizos en toda la Amazonia brasileña. O sea que, lógicamente, los países amazónicos nunca dudaron del rol predominante del Brasil en esa región. Pero, con prudencia influenciada por la falta de recursos los gobiernos de los países andinos nunca hicieron esfuerzos serios para comunicarse con el Brasil. Hasta una década atrás, el Perú, que es el país con más territorio amazónico después del Brasil, solo se comunicaba con éste por avión o por pequeños barcos navegando por días en el río Amazonas. Así es que, con todo, el Brasil no jugaba un papel importante en la Amazonia de sus vecinos.

En la última década todo cambió. No tanto porqué el Brasil modificó su comportamiento, sino porqué cambió su táctica gracias a varios factores entre los que destacan su buena coyuntura económica y sus necesidades rápidamente crecientes de energía para sustentar su desarrollo y, en ese propósito fue ayudado por la asunción al poder de gobiernos muy propensos al progreso aparente y poco cuidadosos con el patrimonio nacional, especialmente en el Perú. Los presidentes peruanos Fujimori y especialmente Toledo y García abrieron incondicionalmente las puertas al expansionismo económico brasileño que en la actualidad ejecuta en la Amazonia peruana su propio plan de desarrollo, atendiendo a sus propias necesidades de mercado, de insumos mineros y de demanda energética. El Brasil estudia, financia, construye, opera y “compra” todo o casi todo lo que necesita del Perú, dejando a éste el pago de una deuda que se agiganta y un pasivo ambiental que rápidamente será inconmensurable. Este comportamiento también es aplicado por el Brasil en su propia y vasta Amazonía, y también, por cierto, en los demás países amazónicos, tanto los andinos como los del noreste sudamericano. En todos esos países las infraestructuras y la explotación de recursos naturales son a cada día más para atender la demanda del Brasil y aumentar las ganancias de sus empresas y cada día menos para ayudarlos a prosperar de forma sostenible. Acabó pues el tiempo en que era verdad que la Amazonia era explotada predominantemente para servir a las naciones desarrolladas de otras latitudes.

¿Una región que no contribuye al producto bruto interno?

Excepto durante la triste época de la explotación del caucho, la Amazonía ha sido siempre considerada una región que contribuía apenas marginalmente al PBI de los países. Eso fue especialmente sentido en los países andino-amazónicos y justificó en parte el desprecio nacional por esa región remota e “inútil”. Esa situación cambió cuando las reservas conocidas de hidrocarburos comenzaron a ser explotadas en las décadas de los 1970 y 1980 pero, especialmente, cuando el precio internacional del petróleo y nuevas descubiertas permitieron expandir esa explotación a niveles no imaginables antes de los años 1990. Hoy, petróleo y gas, así como la minería formal, sin mencionar actividades ilegales como las vinculadas al narcotráfico y la explotación minera informal que no son contabilizadas, están aportando cada vez más y de modo considerable a la economía de los países. En el Brasil, además de la gran minería, el aporte a la economía deriva de la expansión agropecuaria en base a pecuaria extensiva y agricultura muy intensiva, actividades que ocupan ya una gran parte de la Amazonía de ese país, especialmente en Mato Grosso y Pará. La explotación de la energía hídrica y de hidrocarburos de la Amazonía brasileña contribuye cada vez más a su PBI.

Uno de los problemas permanentes para estimar el aporte al PBI de la Amazonía gira en torno al criterio que se usa para definir esa región, especialmente en los países andinos. En efecto, si en lugar de definirla usando criterios políticos o, apenas por la presencia de bosques, se usara el criterio de cuenca, la Amazonía sería probablemente la región que más aporta a la económica nacional.

En efecto, en el caso del Perú, por ejemplo, la mayor parte de las grandes minas y de las centrales hidroeléctricas están localizadas en esa cuenca, a la que contaminan. Pero sus aportes a la economía son contabilizados en departamentos serranos o directamente en Lima, debido a criterios que disimulan su origen. Conclusión

El tiempo implica transformaciones que nunca se detienen. Pero algunas regiones cambian más rápidamente que otras. No existe en los países que poseen partes de la Amazonía ninguna otra región que haya sufrido cambios tan rápidos y radicales como en ésta. Es debido a esa velocidad del cambio que aún existe tanta confusión en el gran público y, lamentablemente, también entre los tomadores de decisión sobre lo que ella es realmente, en la actualidad y sobre lo que puede preverse.

El autor de esta nota admite que sus percepciones son discutibles y, obviamente, reconoce que los entendidos en asuntos amazónicos ya saben de todo lo dicho y mucho más. Esta nota no fue escrita para ellos. Fue escrita pensando en las mayorías cuyos votos determinan el futuro de sus países. Su finalidad es contribuir a que los próximos gobernantes piensen más antes de tomar las decisiones que construirán el futuro de la Amazonía.