Editorial

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Comité editor

Hace más de 100 años que el Perú oficial y centralista le debe bastante a Loreto. Le debe, por ejemplo, las vidas de aquellos que, voluntarios o no, marcharon con hombría a pelear una guerra en la que no tenían nada que ver, tan solo por demostrar que el Perú -en infausta hora- podía contar con ellos hasta la muerte. Le debe también, sin que hasta la fecha se haya efectuado un reconocimiento nacional de las clases políticas gobernantes, inmensos pedazos de territorio que fueran negociados, desmembrados y entregados a sus espaldas a potencias vecinas, en nombre de la integridad de una República Aristocrática que siempre le dio la espalda con supino desdén.

Hoy, más de 100 años después, el Perú acumula una factura adicional a su deuda histórica con Loreto: la irracional gestión en la explotación de sus recursos petroleros, facilitando la inversión privada, hasta poner de hinojos la dignidad nacional y regional, en nombre de un crecimiento económico que no significan desarrollo ni inclusividad social para nosotros; al igual que el daño subsiguiente de contaminación ambiental generada en sus principales territorios, en el corazón mismo de sus más importantes cuencas hidrográficas, y cuyos efectos amenazan ya a las ciudades selváticas, entre ellas y con mayores consecuencias por su dimensión poblacional, a Iquitos capital.

Pero quienes más deben a Loreto, haciendo un balance preliminar de nuestra petit historia departamental, historia que aún no termina, somos sus propios hijos. Los nacidos en esta tierra empezando el siglo XX y en los años subsiguientes, que hasta hoy no hemos podido forjar una identidad regional uniforme entre la diversidad de gente que poblamos antes y hoy esta parte de la Amazonia, identidad que permitiría un autoreconocimiento implícito de nuestras capacidades y de nuestras riquezas reales y potenciales para saberlas conducir y defenderlas, para conocer nuestras deficiencias y obstáculos y para hablar de igual a igual con el poder central.

En la década de los 70´s, liderados por un contingente generacional y unificado de loretanos de disímil procedencia y concepción política, el pueblo de Loreto consiguió arrancar al gobierno central de turno –ocupada entonces por una obtusa, represiva y acorralada dictadura militar autodenominada “Segunda Fase”(recordemos el gran paro nacional del 19 de julio de 1977)-, en una gran reivindicación histórica, el derecho a percibir una renta de las riquezas explotadas de nuestra región -el canon petrolero- para beneficio de Loreto; conquista que sirvió de ejemplo a otras regiones y que obligó al Estado central a repensar y reformar la distribución del ingreso nacional generado por la explotación de los recursos naturales. A este respecto, 38 años después de emitido el Decreto Ley 21678 (nov. 1976), no podemos exhibir sino la frustración de no haber sido consecuentes con esa historia.

La historia brinda oportunidades que hay que saberlas identificar y, en pleno siglo XXI, Loreto todavía puede sacudirse de las pesadas taras que significan la corrupción y la desidia, cuando no la ignorancia rampante a todo nivel que pretende continuar usufructuando la cosa pública en provecho personal. Hoy, hay voces aisladas y aún en minoría que buscan defender los intereses del pueblo loretano; rescatar su derecho a vivir con las oportunidades que nunca ha tenido; y, por encima de todo, a educarlo en la defensa de sus derechos más elementales. En esa corriente queremos inscribir las intenciones de esta publicación, ser una ventana para conocer nuestros problemas y plantear las mejores soluciones haciendo esfuerzos necesarios para autoconvocarnos todos aquellos que tenemos algo por aportar y contribuir a transitar un camino hacia el desarrollo, algo que nuestra historia también nos debe.

El Comité Editorial. Internet, 19 de Julio de 2014.