Crónicas ambientales: mamita, ¡Los vampiros…!

Gonzalo Tello*

Aterrador, pavoroso…La visión de más de quince vampiros arracimados de la cola, orejas, cuello y patas de una vaca, casi colgando por el peso de la sangre lamida al pobre animal, dejó anonadado a Manuel Marichi Mozombite, agricultor de la comunidad de Nueva Vida, que se halla a la altura del kilómetro 44 de la carretera Iquitos - Nauta, caminando dos horas hacia la cuenca del río Itaya, un pequeño caserío mediterráneo selvático, como muchos de nuestra extensa amada patria verde, la Amazonía.

Cuando Manuel me contó la historia se me erizaron todos los pelos de la nuca y tuve un “blitz circunflaútico”, como acostumbra decir mi tío Burulú, cuando hay algo que me altera totalmente - como el sajino antes de ser atacado por el otorongo - y se me escarapeló la piel con la súbita oleada de frío que me produjeron sus palabras, pues yo soy sanguivorifóbico - tengo fobia a esos pequeños mamíferos voladores hemófagos - desde una noche, cuando era joven y que por razones largas de describir fui a vivir como colono pescador frente a la isla Remoque, alto Urubamba, a un día aguas arriba en peque peque de la prisión del Sepa, y tuve un primer encuentro que me dejó huella psíquica y un hueco en mi recientemente comprado mosquitero.

Me habían advertido en Atalaya, a orillas del Tambo, cuando lleno de bártulos me había detenido en ese pueblo para comprar las últimas cosas que compraría en mucho tiempo, pues había decidido integrarme a mi patria verde de la forma más esencial. – “Joven – habló la señora que me estaba vendiendo un mosquitero – como usted es alto, mejor compre el más grande, el de dos plazas, pues también es más largo; usted sabe, los paisanos son medio chatos y el que usted estaba mirando le dejaría con los pies afuera”.

Hice caso a la mujer sin preguntar más, lo lógico, que por qué no debía dejar los pies afuera. Después lo sabría…

Diez días después, luego de rozar a punta de machete la primera hectárea de monte de mi vida frente a la isla Remoque estaba agotado y lleno de llagas en la mano derecha, producto de las ampollas que me había sacado el estar huactapeando sin parar - terco - pues había decidido no pedir ayuda a nadie para asentarme dignamente como un colono más en esa zona remota. Y tenía sueño…

A duras penas me acomodé dentro de mi mosquitero, debajo de una ramada rústica construida con hojas de shapaja, puse mi retrocarga a un costado y la linterna al otro, y antes de contar tres quedé dormido como un tronco, los sonidos de la selva nocturna me arrullaron.

Pero, quizá a media noche, teniendo como marco la hora tétrica de toda la narrativa de terror, algo muy sutil me despertó: un vientecito en la oreja, que la tenía a pocos centímetros del mosquitero que me separaba de los zancudos – pues tengo el sistema nervioso finamente entonado – y traté de ver qué había al otro lado de la tela tratando de usar el contraste de la claridad de una tímida luna creciente de junio.

En medio del despertar, sin moverme ni alterar la respiración, vi una sombra que movía algo rítmicamente sus costados: alas, ¿un pájaro?, no, así no vuelan los pájaros, ni tienen ese tipo de alas grandes, procesó mi cerebro. Pero, mientras observaba la figura voladora, en el extremo del mosquitero sentí que había algo húmedo y pegajoso debajo de mi tobillo: entré en alerta total. Muy despacio, sin mover el resto del cuerpo, tomé la retrocarga con una mano y la linterna con la otra, rastrillé el gatillo y encendí la linterna, y lo que vi me dejó helado.

Había un pequeño animal peludo, marrón, que reptaba para salir del mosquitero por el costado de mi tobillo; me percaté que mi pie, como me lo había prevenido sutilmente doña Teresa Salas, la dueña de la tienda, había quedado afuera. Apunté a la figura reptante, que ya estaba cerca de salir, y jalé el gatillo. Salté fuera del mosquitero, puse otro cartucho, e inspeccioné: había un charco de sangre sobre el saco de dormir – mi sangre - y vi que tenía una pequeña hemorragia en el tobillo.

Más allá, había un amasijo de vampiro mezclado con sangre… Quedé temblando de la impresión, y en ese momento la maldita fobia se me metió en la mente.

Bueno, volviendo a Nueva Vida, a la vida actual y dejando los recuerdos en la memoria, Manuel Marichi me contó que desde finales de 2014 había empezado a observar que sus gallinas amanecían débiles y se dio cuenta que era debido a pérdida de sangre que los “mashos” vampiros se la llevaban en el buche por las noches: cerró hermético su gallinero.

Luego, también se percató que las 11 reses que habían estado criando con sacrificios junto con su hermano Ignacio, empezaban a mostrarse desganadas, débiles. También, luego que descubriera a los vampiros arracimados en su vaca rodeó el corral con una red trampera transparente, y colgó hierba cortadera por todos sitios para que los visitantes alados se lastimaran las alas. Pero no pasó nada. Los quirópteros llegaban en oleadas incontenibles…

Un día, una vaca de Manuel amaneció muerta, varios días después que descubriera que los causantes eran los mashos y una semana después, él y su hermano decidieron vender el resto de su ganado.

Y, luego que me pasara el “chiri chiri” inicial, Manuel Marichi me siguió relatando que su hermano y él no eran los únicos perjudicados por la ola de vampiros que estaba invadiendo esa zona.

Me dijo que en el fundo Loreto, vecino a la cocha Aguajal, cruzando el río Itaya, cerca del Amazonas, Alcibíades Panduro yTito Panduro habían perdido 15 reses por los vampiros; que en el caserío 10 de Octubre, segunda zona, Km 48 de la carretera Iquitos Nauta, don Elías Chavarri había perdido 10 reses por la misma causa entre 2015 y 2016, que en Tamshiyacu un señor apellidado Mejía había perdido 2 reses en el mismo período; y que en el caserío El Milagro las gallinas eran atacadas por vampiros y sus dueños debían protegerlas manteniendo iluminados los gallineros o cerrándolos herméticamente. Una locura…

Y la locura era mayor, pues me contó que los promotores de salud de la zona sabían del problema, pero que por no ser un asunto de salud humana, no lo habían informado, tal vez para no complicarse la vida.

Yo me pregunto ¿es que sería necesario que haya un brote de rabia en la zona para que esos individuos actúen cabalmente?

El cambio climático está trayendo cambios sobre la Amazonía y uno de ellos es el cambio de hábitat de muchas especies, una de ellas los vampiros, que no sería raro que ya estén bebiendo sangre de los pobladores de las afueras de Iquitos.

Y como las bandadas de pihuichos que pululan en grandes bandadas y vuelan hoy en algarabía sobre todas las calles arboladas de Iquitos, no sería raro que pronto los vampiros también se posesionen de los espacios vecinos y se acostumbren a la presencia abundante de los humanos.

Porque pareciera que los humanos de las cercanías del sur de Iquitos ya se están acostumbrando a los vampiros…

Este escrito es, aparte de un relato entretenido, una denuncia para ver si las “autoridades” correspondientes mueven sus culos para atender esta situación que pareciera ser kafkiana.


Consultor en pesca y manejo sostenible amazónico. Correspondencia a gonzalo_tello@yahoo.com