La interculturalidad como principio en la nueva educación

Gabel Daniel Sotil García

Desde que se diera la ley 28044, Ley General de Educación (2003), se estableció que uno de los principios que debería regir al sistema educativo nacional sería el de INTERCULTURALIDAD.

Por su parte, la nueva ley que rige la dinámica de la educación superior, Ley 30220 (2014), también dispone, entre otros, que el principio de interculturalidad debe estar presente en el desarrollo de la educación universitaria.

Pero, ¿qué es la interculturalidad? ¿Por qué es necesaria para nuestra educación? ¿Qué repercusiones tiene en la dinámica sociocultural de nuestro país y región?

 

Para tener una comprensión de su naturaleza y rol, tenemos que partir del reconocimiento de que nuestra especie, a la que denominamos Homo Sapiens, se distribuye sobre la faz de nuestro planeta en diversidad de culturas, productos de la interrelación de los grupos humanos con sus respectivos entornos ambientales; diversidad que tiene un valor intrínseco según la UNESCO, pues vale en sí misma, siendo la mayor creación de la humanidad, con lo cual expresa su vocación esencial: la diversidad como norma de concreción.

Pero, es el caso que, infelizmente, a lo largo de nuestro devenir prehistórico e histórico, las relaciones entre los diversos mundos culturales no han sido pacíficas, respetuosas de las diferencias.

Al contrario, en la mayoría de los casos en que han entrado en contacto culturas diferentes, la beligerancia se ha impuesto como norma de relación, con consecuencias desastrosas para ambos bandos. Confrontación a causa de una natural y espontánea actitud: el etnocentrismo: toda cultura se auto percibe como superior respecto a las otras culturas.

El punto culminante de estos enfrentamientos fueron las dos fatídicas guerras mundiales en la primera mitad del Siglo XX.

Es a partir de dichos acontecimientos que las mentes más lúcidas de las propias naciones que se habían enfrentado y ante la comprobada inutilidad del desastre causado, se reúnen en un foro multinacional y pluricultural para elaborar un acuerdo que pusiera las bases para una convivencia pacífica y respetuosa de las diferencias y para buscar soluciones a los conflictos entre países sin recurrir al enfrentamiento bélico.

Es de este foro multinacional que nace la DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS, promulgada en 1948, en la que se precisan los derechos que todo ser humano tiene desde que nace. Entre ellos, el de la pertenencia cultural.

Luego, en 1976, se habría de promulgar la DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS DE LOS PUEBLOS, a la que le seguirá el CONVENIO 169 –OIT, en 1989. En 1993 se reunirán los países en el marco de la CONFERENCIA MUNDIAL DE DERECHOS HUMANOS, donde se reafirma que “Los derechos humanos y las libertades fundamentales son patrimonios innatos de todos los seres humanos”.

Y en el año 2001, la UNESCO promulgaría la DECLARACIÓN SOBRE DIVERSIDAD CULTURAL, a la que le seguiría la DECLARACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS SOBRE LOS DERECHOS DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS en el 2007, que sería seguida por el INFORME MUNDIAL DE LA UNESCO: INVERTIR EN LA DIVERSIDAD Y EL DIÁLOGO INTERCULTURAL, en el 2009.

Como puede verse, este conjunto de documentos normativos de carácter supranacional y orientador, pero no vinculante, expresa una gran preocupación por evitar toda posibilidad de confrontación entre pueblos y culturas, teniendo una clara direccionalidad: convencer y orientar a la humanidad de que todos somos iguales, teniendo los mismos derechos, que la paz es el ambiente más estimulante para nuestro engrandecimiento como especie y que nuestros conflictos no tienen que ser solucionados mediante el uso de la fuerza.

En consecuencia, se hace necesario educarnos en el pleno reconocimiento de esta igualdad esencial de los seres humanos y orientarnos a la práctica de un nuevo tipo de relaciones entre los individuos y entre las culturas, a pesar de nuestras diferencias aparenciales.

Si bien es verdad que aún no se logra este ideal, es cada vez más evidente para toda la humanidad “…que el respeto de la diversidad de las culturas, la tolerancia, el diálogo y la cooperación, en un clima de confianza y de entendimiento mutuos, son uno de los mejores garantes de la paz y la seguridad internacionales.” (Declaración Universal de la UNESCO sobre la diversidad cultural).

En el caso de nuestro país, se ha establecido que nuestra diversidad cultural, en la actualidad se expresa en la existencia de, por lo menos, 54 culturas, la mayoría de las cuales se encuentra en nuestra región amazónica y tiene un origen milenario. Sí, objetivamente milenario. Ellas son las culturas originarias.

Sin embargo, es necesario que puntualicemos que, por razones estrictamente de carácter político, es decir del ejercicio del poder, las relaciones actualmente vigentes que se han establecido entre estas culturas no son armoniosas, respetuosas unas de otras.

Todo lo contrario: entre las originarias y la que tiene el poder político, que es la mestiza, hay toda una relación confrontacional, conflictiva, en detrimento de aquéllas, que se inició en el momento mismo en que entraran en contacto el mundo eurógeno con las culturas originarias. Anima esta relación un propósito homogeneizante, para hacer desaparecer a las culturas ancestrales, bajo la falsa percepción de ser la causa de nuestro subdesarrollo, razón por la cual, desde el inicio de esta relación los gobernantes tuvieron como propósito la castellanización, evangelización y modernización (europeización) de los pueblos indígenas.

Asumido y ejercido el poder político por los miembros de la cultura de extracción europea desde una perspectiva etnocéntrica, todo el aparato estatal fue diseñado para la imposición de dicha cultura.

Luego de la época colonial, los herederos republicanos del poder político no hicieron sino continuar con estos propósitos que, bajo otras modalidades, siguen actuando solapadamente unas veces y abiertamente en otras, hasta el presente, como bien lo podemos comprobar.

El hecho de la hegemonización de la cultura mestiza viene repercutiendo en el progresivo debilitamiento de las demás culturas, tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo. La progresiva desestructuración del mundo indígena, la invisibilización de su diversidad, la pérdida de sus valores, por la agresividad de la cultura dominante, la difuminación de su cosmovisión, la pérdida de sus territorios, la afectación de sus modos de vida por la imposición de modelos económicos incompatibles con su medio, el deterioro de los bienes con los cuales satisfacen sus diversas necesidades por la satisfacción de las demandas del mercado internacional (extracción de gas, oro, petróleo, narcotráfico), el fortalecimiento del extractivismo mercantilista como única forma de explotación de los recursos naturales, la imposición de sistemas lingüísticos totalmente ajenos a sus necesidades de comunicación, etc., son consecuencias negativas más que evidentes de esta organización vertical que ha adoptado el país.

Frente a ello se vienen alzando voces de protesta de diversas procedencia: las dilucidaciones sociales, los diversos análisis culturales, políticos, etc. de nuestra situación actual, hechos por pensadores y científicos sociales, insignes y comprometidos, el reclamo cada vez más airado de las organizaciones representativas de los pueblos originarios, las presiones provenientes de los acuerdos internacionales a los que ha tenido que adherirse nuestro país, han posibilitado el darnos cuenta que mucho de dicha situación se debe al tipo de relaciones vigentes entre las diversas culturas al interior de nuestro país.

Es este reconocimiento o toma de conciencia el que nos viene impulsando a promover una nueva forma de relación entre nuestras diversas culturas, relación en cuyo marco cada peruano y cada pueblo se perciban en un nivel de igualdad, que se exprese en un comportamiento respetuoso de las herencias culturales de los demás. En que cada peruano se sienta un valor en sí mismo por el hecho de pertenecer a una determinada cultura con la que se identifica, como el agua de un manantial.

Es ésta la relación que se denomina INTERCULTURAL: una relación en la que se expresa el orgullo de pertenencia y el respeto hacia la diferencia. Es decir, vigencia de la tolerancia ante la diversidad de formas de ser y actuar.

Esta relación tiene en el diálogo intercultural su óptimo instrumento de concreción. El diálogo intercultural “no supone abandonar las convicciones propias, sino mantener una actitud de apertura de espíritu. Debe contemplarse como un proceso complejo, siempre abierto y sin fin.” (Invertir en la diversidad cultural y el diálogo intercultural, UNESCO)

Ahora bien, esta relación tiene que ser un constructo social, un producto de la creación del conjunto de pueblos existentes en nuestro territorio. En su concreción tienen que participar todas las culturas involucradas, a corto, mediano y largo plazo.

Por esta razón es que se ha visto que el mejor vehículo para llegar a ese estado ideal es la EDUCACIÓN. Pero no cualquier educación, sino una educación ex profesamente diseñada para lograrlo.

No la actual, por cierto.

Esa educación es la que se viene denominando Educación Intercultural, en cuyo marco doctrinal los educandos sean formados para el respeto de las diferencias culturales, que acepten que la diversidad es una oportunidad que tienen los pueblos para construir un mejor entendimiento. Que ella entraña el esfuerzo común de aprender a mirarse como miembros de la especie humana, tanto como a un mundo de valores compartidos que deben ser respetados, tolerados, como expresión de riqueza que debemos perfeccionar en un marco de convivencia pacífica.

Por cierto que esto implica reorientar la actual educación vigente en nuestro país: capacitar al profesorado en esta nueva perspectiva, reestructurar el currículo, incorporando nuevos contenidos pertinentes a dicho propósito, modificar las normas organizativas de las instituciones educativas, etc. Es decir, cambiar la praxis pedagógico-didáctica desde la intimidad de las aulas de clase.

Debemos tener en cuenta que la Interculturalidad no es solo un concepto o un dato frío de la realidad, sino fundamentalmente, un valor, una actitud, que debemos construir y asumir individual y socialmente, con la que debemos afrontar una nueva dinámica en nuestro país y región para lograr su desarrollo en la plenitud de su significado. De su concreción ha de emerger la más auténtica democracia: la democracia intercultural, una forma superior de vida social para la satisfacción plena de nuestras necesidades.

Reconocemos, con ello, que desde nuestra región amazónica estamos en la obligación de contribuir con la construcción de este proceso que ha de permitir llevar a nuestra humanidad a un nivel superior de su desarrollo espiritual.