A propósito del libro: En el País de las Amazonas

Alberto Chirif

Con el sugerente título de En el País de las Amazonas1, la Asociación Cultural Peruano-Británica ha editado un libro que reúne fotografías realizadas en la Amazonía peruana durante los últimos 150 años. El trabajo ha sido realizado por el pintor Christian Bendayán y el literato Manuel Cornejo Chaparro, especialista en estudios amazónicos.

El libro abarca un largo periodo y contiene fotografías de diverso tipo. Hay algunas que buscan el goce estético del espectador, tal vez las menos, y otras que juegan con la tecnología para conseguir efectos especiales o montajes llamativos. Las hay espontáneas, o más o menos espontáneas, y las hay estudiadas, posadas. Gran parte de ellas, sin embargo, son fotografías que describen, que presentan una situación dada, por ejemplo, un grupo de indígenas con armas de caza, una familia de colonos, un encuentro de personajes, una manifestación, una fiesta popular, un almuerzo campestre o un alto de un grupo de expedicionarios a orillas de un río con la intención de descansar.

Dos textos acompañan el libro. El primero pertenece a Juan Carlos La Serna, historiador, y a Jean Pierre Chaumeil, antropólogo, dos personas que han trabajado mucho la fotografía como tema de estudio; y el segundo, a los compiladores de las fotografías, los ya mencionados Bendayán y Cornejo. No es casual que ambos textos incidan en el carácter subjetivo de la fotografía, en el sentido que expresa el punto de vista del fotógrafo y, sobre todo, en su potencial para manipular la realidad y ponerla al servicio de ideas que pueden ser del mismo fotógrafo pero que con frecuencia son de quienes solicitan y financian sus servicios. En palabras de La Serna y Chaumeil, “...la fotografía fue percibida, desde su aparición, como ‘testimonio o expresión de la verdad’ –la supuesta objetividad de la cámara fotográfica– cuando, en realidad, se trata más bien de una representación a partir de lo real. Hoy sabemos que el contenido informativo de la fotografía puede ser construido o recreado –las técnicas para lograrlo son numerosas– y no funciona simplemente como prueba de veracidad o fiel testimonio de los hechos”.

Sobre lo mismo, Bendayán y Cornejo señalan que cuando se inició el desarrollo de la práctica fotográfica en la Amazonía, en el siglo XIX, “se produjo un despliegue de sus posibilidades, tanto para cubrir una función documental como para sublimizar aquel imaginario exotizado y seductor de la selva. [...] En efecto, para ejercer este poder sobre el territorio amazónico se dio lugar a la construcción de un imaginario que devenía de nuestra herencia colonial. La selva seguía siendo el lugar donde había que descubrir palabras para enumerar aquellas imágenes inéditas que sedujeron y aterraron a los conquistadores españoles y que ahora propiciaban en los exploradores republicanos esa enmarañada mezcla de terror y fascinación, porvenir y soledades, abundancia y muerte”.

No quiero ahora ocuparme tanto de las fotografías en sí mismas - no soy un especialista en la materia-, cuanto de las historias que están detrás de ellas o que han dejado de ser narradas o han sido distorsionadas por los discursos oficiales, en la medidas que ambas, fotografía e historia, tiene el poder de deformar o de ocultar la realidad, aunque en el caso de la historia ese poder es aún mayor, porque además de falsear los hechos puede simplemente silenciarlos, ignorarlos como si nunca hubiesen sucedido.

Plantear reflexiones históricas en torno a cada uno de los “capítulos”, por llamarlos de alguna manera, o secciones en las cuales han sido ordenadas las fotografías de este libro, sin duda tomaría mucho más tiempo del que ahora dispongo como un participante más de su presentación. De todas maneras, me parece importante mencionar esas secciones: Cazadores de almas: de conquista y de misiones; Las trochas de los sueños: de aldeas y de ciudades de selva; En el país de las Amazonas: de conflictos y de rebeliones; Retratos del bosque: de rostros y figuras protagonistas de su historia; Serpientes místicas: de plantas y de espíritus; El génesis perpetuo: del edén al ecocidio; y Amazónicos y amazonistas: de propios y de ajenos. No quiero inducir al error de los asistentes, por lo que aclaro que no se trata de secciones que den cuenta de acontecimientos cronológicamente seriados. De esta manera, todas ellas incluyen fotografías de diferentes años. Al respecto, considero que hubiera sido conveniente que los autores del trabajo explicitasen los criterios que han utilizado para ordenar las fotografías en esas secciones.

Me voy a referir solo a cuatro momentos históricos presentes en las fotografías, ocultos algunos, distorsionados otros por los discursos oficiales: migraciones europeas y colonización; el auge de las gomas silvestres; los procesos extractivos posteriores y sus impactos (que en verdad no han sido ilustrados en este libro mediante fotografías con la profundidad que deberían haber merecido por los estragos que han originado; y los impactos causados sobre algunos pueblos indígenas por la violencia interna durante las décadas de 1980 y 1990.

El primer momento está bien representado en las secciones llamadas “Cazadores de almas: de conquista y de misiones” y “Las trochas de los sueños: de aldeas y de ciudades de selva”, aunque también se encuentran fotografías de evangelizadores y sus misiones en “Retratos del bosque: de rostros y figuras protagonistas de su historia”.

Los esfuerzos del Perú por marcar su presencia en la Amazonía comenzaron a mediados en la década de 1850. El joven Estado buscaba ocupar la región para definir las fronteras difusas de un territorio heredado de la administración colonial y aprovechar sus recursos. Para esto consideraba importante conocer su potencial y encontrar las mejores vías que la comunicasen con el resto del país y le diesen acceso a la cuenca atlántica.

Son años en que se promocionó la inmigración europea para poblar una región considerada inhabitada. Esto implicaba negar la existencia de sus pobladores originarios, los pueblos indígenas. Ellos no solamente no existían como individuos concretos, como personas de carne y hueso, sino tampoco como seres humanos. Eran más bien considerados fieras a las que había que temer y tratar con rudeza. En este sentido el Estado emprendió una labor llamada civilizadora, una civilización armada, que comenzó a dejar sus huellas de desprecio, atropellos y muerte desde muy temprano. Si los indígenas, calificados de ignorantes, flojos y de costumbres crueles y salvajes, significaban la rémora al progreso, los europeos blancos (manera como una ley de la época definía a los inmigrantes que el Perú quería asentar en la Amazonía), representaban el futuro promisor de la nueva república.

Para impulsar esta política, el Estado creó la Comisión Hidrográfica del Amazonas que se dedicó a explorar los ríos, buscando los que ofrecían mejores condiciones de navegabilidad. Durante esos años, hubo algunos viajeros nacionales (como José Benigno Samanez Ocampo y el coronel Baltasar La Torre) y muchos extranjeros enviados por sus propios gobiernos que tenían intereses geopolíticos (William Herndon y Lardner Gibbon) y también económicos, sea para ver la situación de las colonias de sus connacionales establecidas en la selva peruana (Olivier Ordinaire) o para buscar nuevas rutas de comercio y, sobre todo, centros importantes de abastecimiento de recurso para una Europa en la que se afianzaba la Revolución Industrial y sistema capitalista.

Lo poco que ha rescatado la historiografía sobre esta época tiene que ver con la épica: valientes expedicionarios que se internan en lo desconocido y enfrentan peligros inauditos. Nada ha dicho sobre el carácter racista de esta política (ensalzar al europeo y despreciar al indígena) y avasallador, en tanto que era una propuesta fundada en el atropello del derecho de quienes habitaban la región. Apenas se conoce, además, sobre las incursiones punitivas y de conquista realizadas en esos tiempos, como la encabezada por el coronel Juan Manuel Pereyra, en 1869, para reconquistar la zona de la cual habían sido expulsados misioneros y otros foráneos durante la rebelión de Juan Santos Atahualpa de 1742.

Vista en retrospectiva, es una etapa que puedo calificar como “preparatoria” para peores épocas que vendría después. Me refiero a los años del auge de las gomas silvestres, sobre los cuales dan cuenta fotografías incluidas en la sección “En el país de las Amazonas: de conflictos y de rebeliones”, aunque también se encuentran algunas en la llamada “Amazónicos y amazonistas: de propios y de ajenos”.

El afán de conquista del espacio amazónico y de la puesta en valor de sus riquezas naturales, cristalizó con el descubrimiento del proceso de vulcanización del caucho y del jebe silvestre, y de su posibilidad de explotarlo en las selvas amazónicas. Esto colmó las expectativas tanto del Perú y de los demás países productores, como de los países industrializados. En esta empresa, el Estado peruano dejó un amplio margen de acción a autoridades locales y a particulares quienes, con el argumento de civilizar a los indios, los convirtieron con frecuencia en mercancía y los esclavizaron, con consecuencias nefastas para ellos que han sido analizadas por diversos autores. El ocaso del auge a partir de 1914, tan rápido como había sido su surgimiento, se debió al desplome del precio de las gomas silvestres, al haber entrado en producción las plantaciones de Hevea realizadas por Gran Bretaña, en sus colonias del Sudeste Asiático.

La historia oficial ha seguido presentando a los caucheros como patriotas defensores de las fronteras y civilizadores de indígenas. En el mejor de los casos, ha relativizado su responsabilidad como genocidas. No obstante, en honor a la verdad, debo referirme a la iniciativa de la DIGEIBIRA, del Ministerio de Educación, de producir el documental Memorias del Caucho, realizado por el director Wilton Martínez, como material para ser distribuido en las escuelas y que sirva para que los estudiantes conozcan esta época y los impactos generados por la explotación de las gomas silvestres. Es de esperar que iniciativas pedagógicas similares sean continuadas en adelante.

En la historia del Perú debe haber pocos procesos y etapas que hayan involucrado tantas y tan importantes cuestiones como las que presenta la época del caucho. Por mencionar solo algunas: definición de límites en la frontera norte con Ecuador y Colombia; conflicto armado con este último país que originó numerosas muertes en ambos lados; tensiones con Gran Bretaña por el hecho de que la empresa fuese británica y que en ella trabajasen súbditos de una de sus colonias (Barbados), que fungían unas veces de capataces verdugos y otras sufrían castigos similares a los de los indígenas; una investigación de las denuncias en el Parlamento Británico que implicó la designación del cónsul Roger Casement para que visitase, en dos oportunidades, las estaciones caucheras e informase a su gobierno; tensiones con los Estados Unidos por los malos tratos infligidos por la empresa cauchera a dos de sus ciudadanos; articulación de la Amazonía peruana con mercados mundiales; viajes de estudios en la región para determinar sus características sociales y geográficas y establecer vías de comunicación con la costa; consolidación de Iquitos, en 1906, como capital de Loreto; y por último, lo más importante, tortura y asesinato de seres humanos, de decenas de miles de ellos, es decir, comisión de actos que califican como genocidio. Por todo esto, es incomprensible el silencio oficial respecto a esta época trágica.

El tercer momento, el de los procesos extractivos posteriores al de las gomas silvestres y sus impactos, como he mencionado, no ha sido ilustrado en este libro mediante fotografías con la profundidad que deberían haber merecido por los estragos que han causado. En “El génesis perpetuo: del edén al ecocidio”, hay bastante sobre el paraíso pero muy poco sobre el infierno, sobre la destrucción ambiental, la contaminación y los impactos de estos sobre los seres humanos. He visto solo una foto de un boque arrasado, que no precisa su ubicación ni las causas de la devastación que muestra.

Los paraísos fotografiados claro que están muy bien. Son un goce para la vista y un reforzamiento para las voluntades dispuestas a defender la vida. Pero mostrar los infiernos es necesario para dar cuenta de la barbarie y la destrucción que, contrariamente al discurso oficial, no sirven para superar la pobreza sino para potenciarla y proyectarla hacia campos distintos al puramente económico, como el ético, atropellado por la corrupción y el desprecio por la creación y la persona humana. Impactos de la minería, la tala ilegal, la explotación petrolera y la agroindustria son expresiones abusivas y groseras de un modelo de crecimiento económico que pasa sobre todo para satisfacer las ganancias de unos pocos, que cada vez son más pocos si nos atenemos a lo señalado por las estadísticas.

Por último, fotografías sobre pueblos indígenas impactados por la violencia subversiva durante las décadas de 1980 y 1990 están en la sección llamada “En el país de las Amazonas”. En este caso no se trata de que el Estado haya desconocido los estragos causados por el conflicto interno sobre ciertos pueblos indígenas, particularmente los Ashaninka de la selva central, sino que ha ocultado el papel que jugaron para la pacificación de la región y del país mismo. Me voy a referir solo a una historia que comenzó en diciembre de 1989, cuando el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) secuestró a don Alejandro Calderón, presidente de Apatyawaka Nampitzi Asháninka Pichis (ANAP), una federación parte de Aidesep, con bases en la cuenca del Pichis. Aunque su cuerpo nunca haya aparecido, un lacónico comunicado del Movimiento señaló haberlo sometido a juicio después de evaluar su comportamiento por hechos acaecidos durante el proceso de las guerrillas del año 1965.

Este hecho enardeció a la población indígena que se organizó en el llamado Ejercito Ashaninka que en muy breve tiempo puso fin a la permanencia del MRTA en la cuenca del Pichis. A partir de entonces, el Ejército Ashaninka se propuso extender sus actividades hacia otras cuencas, como Satipo y Ene, para combatir a Sendero Luminoso. El costo de vidas humanas fue tremendo, pero lograron su objetivo.

El Estado no ha hecho ningún esfuerzo para remediar los estragos causados por la violencia entre los Ashaninka. Tampoco les ha reconocido los créditos por haber contribuido a la pacificación de la zona y del país en su conjunto. Habría sido un acto de justicia ayudarlos moral y psicológicamente a curar las heridas que les ha dejado el conflicto. Mucho menos ha hecho algo para reconocer los derechos que las comunidades reclaman, en especial, las garantías sobre sus tierras. Todo lo contrario, cuando la cuenca del Ene estuvo medianamente tranquila, el Estado inició una estrategia de asentamiento de colonos (como parte del Programa de Asentamiento Rural –PAR) sobre tierras que estaban tituladas a nombre de las comunidades desde la primera mitad de la década de 1980, pero cuyos moradores habían tenido que abandonarlas justamente a consecuencia de la aparición en escena de SL.

Otra vez estamos frente a una historia que es oculta por el desprecio sobre la población.

Termino estas reflexiones felicitando a la Asociación Cultural Peruano Británica, a los autores de los textos incluidos en este libro y, en especial a Christian Bendayán y Manuel Cornejo como compiladores de una obra que, sin duda, cumplirá un papel importante para el mejor conocimiento de la región amazónica.


(1) Texto de la presentación del libro En el País de las Amazonas, de Christian Bendayán y Manuel Cornejo, realizada el pasado 10 de mayo, en el local de la Asociación Cultural Peruano-Británica.