Entre el charco, la cordura y la esperanza

Autor: 
Oraldo Reátegui

Es ocioso y poco alentador enumerar los mil y un significados e implicancias que tiene la actual crisis política de nuestro país. Tal vez hasta sea contraproducente porque terminaremos, como no pocos, diciendo que todo está tan mal que es necesario deshacernos de ello para cambiar por aquello, como pretende la expresión “que se vayan todos”, en referencia a los políticos en el poder ahora.

Estoy de acuerdo en que hay que juzgar la actitud y las acciones de los políticos implicados en la crisis, pero hay que hacerlo de manera inteligente, no a modo de “catarsis personal”, como terapia contra nuestras frustraciones. He leído, sobre todo en redes sociales, todas las adjetivaciones e insultos posibles en nuestro idioma contra algunos de los protagonistas de la crisis. He percibido bilis, lágrimas, ensañamientos, odios, sed de venganza, sueños de exterminio (como pedir pena de muerte y hasta linchamientos), entre otras expresiones dignas del apocalipsis.

Sé que no es una práctica usual en nuestra sociedad el análisis desapasionado de las cosas, tal vez hasta sea una suerte de rasgo cultural de los latinos, tal vez. Pero cuando se trata de la cosa pública, y la política lo es, el apasionamiento es mal consejero. Ciertamente las tribunas se yerguen poderosas cuando las adjetivaciones son el combustible para “mover voluntades, pánicos y esperanzas”, pero de allí a generar cambios sociales, políticos, culturales, hay un trecho muy grande. Hay que avanzar por el camino del análisis de lo que pasa y visto en el contexto de las condiciones que lo han hecho posible, sino será inútil tanta protesta, tanta denuncia.

Enfrentar la actual crisis política por la que atraviesa nuestro país requiere primero poner en contexto los procesos sociales, políticos, culturales y económicos por los que ha transitado nuestro país en los últimos 25 años. Eso nos lleva a comprender cómo se configura y reconfigura “la cancha” en la que funcionarios, políticos y ciudadanos, hemos producido las condiciones para que los personajes a los que ahora apuntamos con el dedo hayan llegado a donde han llegado. Porque Fujimori ha sido hechura de las fuerzas sociales que se movieron en los 90, Fujimori tiene “autores intelectuales”, el Apra uno de ellos; PPK tiene autores intelectuales, como un sector del empresariado y una emisora radial; Ollanta tuvo autores intelectuales entre un sector de izquierda primero, y luego de un sector empresarial de la Confiep que lo blanqueó. Ahora bien, esa “cancha” en la que se gestaron estos personajes ha sido legitimada, afirmada, mantenida, por un sistema al que le hemos dado “el poder” sin reparos, sin auditoría social, sin mecanismos de control, sin herramientas de transparencia. Hemos gestado el sistema a talla de los que ahora protagonizan las primeras planas de los medios. Lo que tenemos ahora es la cosecha de lo que sembramos, ni más ni menos. El fujimorismo y Fujimori han sido gestados por un Estado que no atendió sus responsabilidades, que se hizo de “políticos que lo acomodaron a sus necesidades e intereses” y por ciudadanos que rehusaron a ejercer sus responsabilidades como tales. Ahora todo ello no exime de las responsabilidades políticas y penales que deben caer sobre los protagonistas de la crisis política, no, para nada. Pero sí nos devuelve la oportunidad para ejercer nuestro deber de ciudadanos y re enrumbar nuestro país.

Enfrentemos la realidad con reconocimiento estoico de la responsabilidad que nos toca a cada uno: En lo que toca a nuestra comodidad en el acomodo político, en el desentenderse de la vida política que empieza en la escuela, pasa por la cuadra, el barrio, el distrito, la provincia, la región, el país, el planeta. No es suficiente apuntar con el dedo, se requiere más que eso. Se requiere que exijamos y propongamos sistemas más eficientes de control, de auditoría pública, de participación activa de los ciudadanos. Hoy aparecen en la escena Alberto y Pedro, entre otros, pero mañana aparecerán Susana y Maritza, los nombres y los personajes cambian, pero si mantienen los mismos sistemas, no cambiarán los resultados de las acciones de éstos.

Que las calles dejen de ser el escenario solamente de “cortejo fúnebre”, para accionar cuando ya el daño está hecho, que las calles (u otros espacios) sean el escenario del parto, de la propuesta, del surgimiento de nuevas ideas, de nuevas concepciones de país y de Estado. Que los espacios de participación civil se fortalezcan y que cuestionen sus prácticas internas, su cultura organizacional, que es dónde se forjan “los que ahora apuntamos con el dedo”.

Y, no puedo dejar de mencionar, lo que le corresponde a esa institución tan dañina, hoy por más que nunca, para nuestro país: La escuela. Que la reforma de la educación se haga realidad en la lógica que la escuela es el lugar para “forjar la ciudadanía”, que, entre otras cosas, incluye también aprender contenidos y datos, pero que ni lo es todo ni es lo más importante. Las relaciones humanas internas en las escuelas son exactamente las vivimos en “la gran política nacional”. Nada de lo que pasa en la política nacional no está conectada con las prácticas corruptas, prepotentes, totalitarias, lineales, opresoras, denigrantes, excluyentes, estupidizantes, de la escuela. En la escuela se gesta la corrupción, la indiferencia por el otro, el interés exclusivamente persona, la cultura del secreto, la indiferencia respecto de la cosa pública, la criollada y todas las acciones que hoy nos convocan a protestar en contra en las calles. Si no miramos la escuela y su relación con la actualidad política nacional nada hacemos, nos engañamos, cambiaremos solamente mocos por babas.

Debemos pensar en una escuela nueva, donde el sujeto central sea el niño y la niña, dónde el enfoque sea “forjar el pensamiento crítico”, donde la práctica sea el respeto y la promoción de la participación estudiantil, donde la metodología sea el debate como medio para construir conocimiento. Con esa escuela, con esa educación, tenemos esperanza, si no, esta será una crisis política más, sólo una más.