La casa del Dios del Amor y Otras ciudades amazónicas. I

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Autor: 
Michel Mitrani

“Bienvenidos señores a Iquitos
este es el pueblo llamado canción (bis)
Bienvenidos señores a Iquitos
ésta es la casa del dios del
amor (bis)”
Raúl Vásquez

Desde que Francisco de Orellana, acompañado de un puñado de soldados y un cura, que se encargó de tomar nota del evento, entraron espantados a las aguas del amazonas un 12 de febrero de 1542 –día de santa Olaya, dice el cura- hemos sido muchos los foráneos que hemos visitado la Amazonía y sus ciudades sin saber bien lo que buscábamos. Ellos buscaban oro, como lo mandaba la época, pero a otros nos costó más tiempo y sudor descubrir nuestras motivaciones más íntimas.

De Orellana y fray Gaspar de Carvajal, el dominico cronista, no encontraron ciudades propiamente dichas, tal como las que hoy en día conocemos, pero la crónica menciona grandes poblados que ocupaban las orillas e islas del gran río, con gran número de gente, embarcaciones y alimentos. Uno de ellos les llevó cinco días atravesarlo, remando día y noche, bajo una lluvia de flechas. Sirva esta primera imagen registrada para contrastar nuestras experiencias.

La primera vez que llegué a Iquitos lo hice por aire. Curiosamente, también fue un día de febrero, pero de 1988, más de cuatrocientos sesenta años después. No estaba acompañado por ningún sacerdote que se encargara de rezar por mi alma ni registrar mi aventura, pero sí por dos ancianas que se encontraban, cada una en uno de mis flancos, en una hilera de tres asientos. Sentado al centro, incómodo, como siempre me he sentido por una especie de claustrofobia parca, me embarqué en un vuelo nocturno de una de las líneas áreas de la época, ya desaparecida.

La emoción del viaje a una tierra desconocida, plena de misterio y encanto, según mis lecturas y los relatos de amigos, me hicieron olvidar la posición incómoda. Pero la emoción duró poco. Una vez sobrevolados los andes el avión se encontró en la médula misma de la primera tormenta tropical de mi vida. Los rayos iluminaban, cada veinte segundos, todo el avión que temblaba bajo el efecto del viento y la lluvia, además de bajadas y subidas abruptas producidas por los vacíos de aire. No puedo dar fe, pero creo que ninguno de los pasajeros dejó de gritar, al menos en una de esas caídas de montaña rusa sin control.

Como lo describió fray Gaspar de Carvajal al sentir su frágil embarcación crujir zarandeada por las aguas interminables del río amazonas: “Daba grima y espanto de ver (…) y parecía que navegábamos en una mar engolfados”.

Mis vecinas de asiento no dejaron de rezar en ningún momento mientras duró la tormenta y mis brazos les sirvieron de rosario, de osito de felpa, de alfiletero y de muñeco vudú para la buena suerte. Todavía recuerdo los surcos dejados hasta la mañana siguiente por las cuarenta uñas sobre mis brazos descubiertos. No he vuelto a viajar en mangas cortas desde entonces.

No puedo precisar cuánto tiempo costó cruzar la tormenta, pero al cabo un cielo limpio y lleno de estrellas se abrió en la oscuridad cerrada. El avión inició el aterrizaje y una constelación de luces amarillas se hizo visible poco después. Parecía un reflejo de la inmensidad celestial sobre la tierra vasta. Me impresionó lo interminable de las luces que, por momentos, se repetían y multiplicaban sobre puntos de agua cada vez más visibles. Finalmente, el golpe suave de la llantas sobre la pista de aterrizaje desató un suspiro unánime entre los pasajeros y las palmas de alivio y agradecimiento llenaron la cabina como si una bandada monumental de guacamayos hubiese alzado el vuelo.

Minutos después, parado en la puerta del avión, sentí una ola de vapor cálido y fragante llenarme los pulmones, las venas, el corazón y la memoria. Era la noche amazónica que me invadía dispuesta a no abandonarme por el resto de mis días.