Diario de los horrores de los caucheros

Autor: 
Alberto Chirif

Texto preparado por el autor con motivo de la presentación, en junio de 2014, del libro Diario del Amazonas, del cónsul británico Roger Casement, editado por el Centro de Estudios Teológicos de la Amazonia (Ceta) y la Universidad Científica del Perú. Alberto Chirif

El libro Diario del Amazonas que hoy presentamos fue escrito por el cónsul británico Roger Casement, a consecuencia del viaje que realizó en 1910 para investigar las atrocidades denunciadas contra la empresa de Julio César Arana, un empresario riojano que comenzó como vendedor de sobreros “de panamá” producidos por su padre en su tierra natal y terminó como gerente y principal accionista de la mayor empresa extractora de caucho de la Amazonía peruana.

¿Por qué un cónsul británico tuvo que venir a Loreto a investigar lo que sucedía con una empresa gestionada por un peruano, en un territorio que en ese tiempo el Perú reclamaba como propio en su disputa con Colombia? ¿Qué tipo de injerencia, de arbitrariedad imperial podía justificar tal intromisión?

La verdad es que no hubo intromisión alguna y que el encargo que recibió Casement de la Foreign Office, es decir, del Ministerio de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, estaba plenamente justificado. Las razones que explica esto son varias y todas se complementan.

La primera de ellas es que el 27 de septiembre de 1907, con la finalidad de atraer capitales británicos y de asegurar su permanencia en la zona donde explotaba gomas, Julio César Arana registró su empresa en Londres con el nombre de Peruvian Amazon Rubber Company. Con este acto Arana captó un capital de un millón de libras esterlinas, mediante la emisión del mismo número de acciones por valor de una libra cada una. La segunda es que el directorio de la empresa quedó conformado por dos financistas británicos, como Henry M. Read y Sir John Lister Kaye, y un comerciante peruano-británico llamado John Russel Gubbins. Los demás fueron el Barón de Souza Deiro, empresario; M. Henri Bonduel, un banquero francés; Abel Alarco, peruano que ocupó el cargo de director gerente de la empresa; y el propio Arana. La tercera razón es que Abel Alarco viajó a Barbados, que por entonces y hasta 1966 fue colonia británica, para captar personas de esa isla a fin de que trabajaran como capataces. En resumen, la empresa era británica desde 1907, y contaba con capital, directores y súbditos británicos. Al estallar los escándalos, a Gran Bretaña no le quedó más que intervenir.

El hecho de que la empresa fuera británica no libera de responsabilidades a Arana y a otros peruanos que trabajaron en las diferentes secciones que la Peruvian Amazon Company manejó en la inmensa franja comprendida entre la margen izquierda del Putumayo y la derecha del Caquetá, que desde el tratado Salomón Lozano, suscrito en 1922 y ratificado años más tarde por los congresos de ambos países, pertenece a Colombia.

Sin duda las atrocidades que se cometieron en el Putumayo son compartidas por ciudadanos y autoridades de tres países. Del Perú porque los hechos ocurrieron en un territorio que el gobierno de entonces reclamaba propio y porque ellos fueron causados por muchas personas de esta nacionalidad. De Colombia, país que también aportó su cuota macabra a las masacres de indígenas en la zona cauchera y que, en algunos casos, llegó antes que el Perú. Como prueba de lo que señalo baste con leer el Memorando de Viaje del comerciante colombiano Joaquín Rocha, en el que relata las atrocidades cometidas por Crisóstomo Hernández a inicios del siglo XX, un afrocolombiano que esclavizó a los huitotos para que extrajeran gomas y no dudó en cometer los crímenes más bárbaros por cualquier razón o sinrazón. La disputa territorial entre Colombia y Perú ha generado a lo largo de la historia acusaciones recíprocas sobre la responsabilidad en las masacres que le corresponde a cada país. Esta disputa pseudo patriótica solo ha servido para encubrir los hechos. Es claro, y ahora más que nunca, que el capital no tiene nacionalidad y que su razón de ser es acumular la mayor cantidad de dinero en el menor tiempo posible. Una prueba de esto es que Julio César Arana formó sociedad con caucheros colombianos, como Benjamín Larrañaga y Rafael Reyes quien llegó a desempeñarse como presidente de Colombia entre 1904 y 1909.

Por último, también le corresponde responsabilidad a Gran Bretaña por los hechos sangrientos del Putumayo, dado que la empresa había sido asentada en Londres y tenía directores de esa nacionalidad. Una mirada atenta sobre el desenvolvimiento de ella pudo haberle dado a ese país elementos suficientes para poner correctivos a tiempo y evitar así la pérdida de vidas de miles de seres humanos.

Queda aún por responder por qué la conversión de la empresa de peruana en británica hecha por Arana fue una estrategia para asegurar su permanencia en la zona donde explotaba gomas silvestres. La respuesta es sencilla y la dio hace un siglo el juez Carlos Valcárcel, encargado de abrir instrucción a los responsables de las masacres: porque en caso de ser negativo para el Perú el resultado del diferendo limítrofe, Arana salvaría sus intereses bajo el paraguas de la inscripción de su empresa como británica. Su cálculo, sin embargo, no fue tan perfecto.

Revolución industrial

Con riesgo a aburrir a aquellos de la audiencia que me hayan escuchado o leído antes tratando acerca de este tema, quiero insistir, aunque ahora de manera muy resumida, sobre la importancia que tiene conocer la historia del siglo XIX para entender el marco de referencia de la industria cauchera.

Si bien la Revolución Industrial había comenzado a mediados del siglo XVIII, esta se consolidó en el XIX con el fortalecimiento del capitalismo como sistema económico que impulsó aceleradas innovaciones tecnológicas tanto en Europa como en los Estados Unidos. Estos cambios tecnológicos se expresaron en la industrialización y en la mejora sustancial de las comunicaciones entre países y regiones distantes. La navegación, que hasta hacía poco se realizaba a vela, pasó a ser, primero, a vapor y, poco después, con motores a petróleo. Al mismo tiempo, las comunicaciones a distancia se vieron facilitadas por la aparición del telégrafo y luego del teléfono. En la segunda mitad del siglo XIX, la aparición de la industria del automóvil, que se sumó a la de la bicicleta que venía de la década de 1830, necesitó del caucho para la fabricación de neumáticos.

Estos cambios demandaban de nuevos centros abastecedores de materias primas, lo que explica la gran cantidad de expediciones que se realizaron durante el siglo XIX. Son llamadas científicas pero la gran mayoría tiene la clara orientación económica: ubicar nuevos recursos importantes para la industria europea y de los Estados Unidos. En ese siglo además se desarrolla la ciencia tan como hoy la conocemos, una ciencia positivista que coloca a la razón y al individuo como medida absoluta de todas las cosas. Esto causa una seria crisis en las concepciones anteriores sujetas a visiones religiosas. La ética de relación del ser humano con la naturaleza terminó así por romperse. La naturaleza ya no sería vista más que como un inmenso almacén de recursos que empiezan a ser explotados como si fuesen inagotables. La idea del desarrollo como progreso siempre creciente de la sociedad se gestó entre mediados de los siglos XVIII y XIX, cuando los conceptos evolución y desarrollo llegaron a ser utilizados como intercambiables por los científicos.

Esta dinámica de desarrollo ilimitado iniciada en el siglo XIX, de progreso exponencial que implica valorar a la naturaleza solo por su potencialidad para producir dinero, marcó el comienzo de un proceso que hoy muestra sus efectos en fenómenos conocidos como cambio climático y calentamiento global. La explotación de gomas silvestres en la Amazonía se inserta en este proceso. El caucho (Castilloa ulei) y la leche caspi (Couma macrocarpa), dos árboles productores de gomas silvestres, este último usado para la fabricación del chicle, se talaban para sangrarlos. Más adelante otras especies, como el palo de rosa (Aniba rosaeodora), sufrirían métodos igualmente bárbaros de explotación.

Mientras esto sucedía en el ámbito internacional, en el nacional se daban también procesos similares. El XIX es el siglo en que los países de América del Sur rompen con las metrópolis coloniales: España y Portugal. Esos países necesitaban conocer y manejar su propio espacio y fijar sus fronteras sobre la base de criterios más claros que los heredados de la administración colonial. Esto generó trágicos enfrentamientos entre los nuevos países cuya gente, hasta hacía muy poco, había unido esfuerzos para enfrentar a la Corona Española. Además de las expediciones venidas de fuera, que son muchas, el Perú realiza sus propias exploraciones en búsqueda de vías de comunicación entre las cuencas del Pacífico y Atlántico, de recursos potencialmente valiosos y de tierras donde ubicar a inmigrantes europeos que, finalmente, nunca llegaron en los volúmenes que los gobiernos querían.

Después de una serie de intentos fallidos desde el Estado para ocupar y usar económicamente la Amazonía apareció el caucho como un recurso de gran potencialidad sobre el cual existía una demanda creciente en Europa y los Estados Unidos.

Además de leyes favorables a la inmigración extranjera y a la conquista amazónica, el Estado peruano dejó un amplio margen para la libre actuación de autoridades locales y particulares quienes, con el argumento de civilizar a los indios, los convirtieron en siervos y, con frecuencia, en mercancía y esclavos. La explotación de las gomas silvestres representa el estado clímax de una estrategia para capturar mano de obra indígena con la finalidad de poner en valor los recursos de la región. El Estado, que había fracasado en sus intentos de asentar inmigrantes europeos, se vio repentinamente feliz por al auge de una actividad impulsada por la iniciativa privada y sobre la marcha decretó algunas disposiciones generales para el otorgamiento de gomales.

La explotación del caucho afectó a toda la región amazónica peruana, unas zonas, por ser productoras de gomas y otras, porque su población fue reclutada compulsivamente para extraerlas. Los extractores directos de las gomas en la zona del Putumayo fueron indígenas pertenecientes principalmente a los pueblos Bora, Huitoto, Ocaina, Andoque y Resígaro. El sistema de trabajo se basada en la “habilitación”. Mediante esta se entregaba a los indígenas productos industriales que ellos debían pagar con las gomas que recolectaran. Dado que los precios de los bienes industriales estaban sobrevaluados, mientras que el valor de las gomas silvestres estaba subvaluado, se establecieron relaciones de intercambio asimétricas y las “deudas” se volvieron impagables. Los indígenas que estaban en esta situación podían ser transferidos como mercancía u ofrecidos como garantías para préstamos. Un mismo peón podía ser transferido varias veces a lo largo de su vida y, en caso de muerte, los hijos heredaban la deuda y debían continuar trabajando para el patrón a fin de pagarla.

Los indígenas que mostraban su disconformidad con el sistema comenzaron a ser castigados y los que osaron rebelarse fueron bárbaramente asesinados. Agravó la situación el hecho de que los jefes de las estaciones gomeras ganaran un porcentaje sobre el caucho recolectado, lo que hizo que ellos impusieron condiciones cada vez más duras a los indígenas. La situación llegó a convertirse en un verdadero régimen de terror, con castigos físicos (uso del cepo, flagelaciones, mutilaciones) que causaron miles de muertes.

Existen algunos personajes peruanos que tuvieron una participación honesta y consecuente en esa época, pero a los cuales la historia no les ha dado el reconocimiento que merecen. Uno de ellos es Benjamín Saldaña Roca quien en 1907 presentó una denuncia contra la Peruvian Amazon Company ante la Corte Superior de Iquitos, que luego fue publicada en los diarios iquiteños La Felpa y La Sanción. Es verdad, como afirman las autoras de la introducción al Diario del Amazonas, que el ingeniero norteamericano Walter Hardenburg destapó el tema de las masacres contra indígenas en la prensa internacional en 1909. Pero esto no hubiera sido posible si él no hubiese contado con la información que le entregó Saldaña Roca. Otras dos personas con las que la historia nacional ha sido ingrata son el juez Carlos Valcárcel, autor del libro El Proceso del Putumayo que narra dramáticamente los sucesos, y el también juez Rómulo Paredes que viajó a la zona y redacto un pormenorizado informe que publicamos hace pocos años con instituciones amigas.

El resto ya lo sabemos. Los caucheros se defendieron alegando que era patriotas defensores de la frontera y agentes portadores de la civilización para los indígenas. Aunque no se llegó a sancionar a los responsables, los documentos oficiales de los jueces Carlos Valcárcel y Rómulo Paredes y los informes de Roger Casement no dejan dudas acerca de la veracidad de las barbaridades cometidas contra la población indígena. En cuanto a la disputa territorial, Perú cedió más de lo que Colombia reclamaba ya que no solo entregó la franja ubicada entre el Putumayo y el Caquetá, sino también al Trapecio Amazónico, espacio que nunca había sido parte de un reclamo explícito por parte de este país.

El fin del auge cauchero comenzó en 1914 y se debió estrictamente a razones económicas. Ese año las plantaciones de shiringa que Gran Bretaña había establecido en colonias del Sudeste Asiático, a partir de semillas robadas de Brasil, superaron los 3 000 000 de acres y la producción de gomas sobrepasó la de los bosques naturales amazónicos. Mayor producción y a menor costo determinaron que el caucho de esas colonas fuese más barato y que los centros consumidores lo prefirieran al amazónico. Ese año las gomas de plantación produjeron el 60.4% de la demanda mundial, porcentaje que llegó al 89.3% en 1920 y al 93.1% en 1922.

No me queda más que felicitar a los editores de este libro por sumarse al esfuerzo de hacer conocer una etapa tan dramática como fue la llamada era del caucho. Mi esperanza es la misma expresada por García Márquez al término de su libro Noticias de un Secuestro: que nunca más nos suceda este libro.