El derecho a resistir. Pueblos indígenas y autodeterminación

Tercer Congreso Mexicano de Antropología. 26-28 de Septiembre, 2014
Autor: 
Stefano Varese

“Resisto, luego existimos”
André Malreaux

Me siento muy honrado y privilegiado por esta invitación del Tercer Congreso Mexicano de Antropología. Le debo a México y sus pueblos quince de mis mejores años de vida intelectual y de creatividad, de aprendizaje profundo y de amistades irrevocables. Le debo a México, gracias a Guillermo Bonfil Batalla, la dulzura de un destierro cálido y de una vida familiar reconstruida al abrigo de los benn’e xon serranos y los binni’za istmeños acompañando a una hija y a un hijo oaxaqueños, enraizándome a mi y mi esposa, extranjeros los dos, en los milenios de vida de Mesoamérica.

El Itinerario de la Conciencia

Debo empezar esta charla con una disculpa que últimamente tengo que ofrecer a mis oyentes con creciente frecuencia: mis análisis culturales y sociales se apoyan siempre más sobre mi autobiografía intelectual. Y es que encuentro en mi biografía antropológica una serie de eventos que marcan las varias transiciones intelectuales y emocionales desde un comienzo de etnografía empírica “objetiva”, cuando escribí a mediados de los años ‘60s mi tesis de doctorado sobre el pueblo amazónico Campa-Ashánika, hasta mi retorno casi accidental 45 años después al pueblo amazónico Huaorani-Taromenani, uno de los pueblos amazónicos más amenazados de las Américas que pueden desaparecer dentro de poco tiempo sacrificados en el altar de la economía de mercado capitalista.

Con esto quiero decir que aquello que empezó en los años ‘60s como un ejercicio de antropología funcionalista empírica entre el pueblo asháninka del Gran Pajonal de la Selva Central del Perú, pronto me transformó en un activista defensor de sus derechos humanos y ambientales básicos. Mi tesis se volvió un libro1, el libro fue descubierto a fines de los ‘60s por unos intelectuales de izquierda que apoyaban la revolución de las Fuerzas Armadas de Juan Velasco Alvarado y el libro publicado se volvió la clave para mi nombramiento en el Gobierno Revolucionario de Velasco Alvarado, donde durante los siguientes seis años con un pequeño grupo de amigos y ex alumnos pudimos transformar la teoría antropológica en activismo y éste en la movilización política de los indígenas amazónicos en la defensa de sus territorios y autonomía étnica.

Seis años más tarde, en 1975, con Juan Velasco Alvarado removido del poder y todas las reformas revolucionarias canceladas por la contra-revolución de Morales Bermúdez, me encontré en México re-insertado en formas más convencionales de antropología donde los asuntos de derechos humanos, justicia social y ambiental y el derechos de los pueblos indígenas a resistir la asimilación eran manipulados más astutamente por los varios gobiernos post-revolucionarios del partido de estado. Esta tercera etapa de mi educación antropológica sufrió un desvío dramático cuando a través de las Naciones Unidas me vi involucrado en la defensa de los derechos de los pueblos maya refugiados en México a raíz de la guerra genocida de las dictaduras militares de Guatemala. Durante los meses de visitas a los campamentos de refugiados de Quintana Roo y Campeche comprobé los horrores del genocidio de millares de mayas y mestizos guatemaltecos exterminados, bombardeados, desaparecidos y desplazados de sus tierras y comunidades milenarias para beneficio de una oligarquía neo-colonial brutal y los intereses de las corporaciones, inversionistas y gobiernos de los Estados Unidos, Europa e Israel.

A fines de los ‘80s, en un tour de force dialéctico tuve que confrontar mis ideales socialistas con la realidad de la Revolución Sandinista en la Costa Atlántica de Nicaragua. Como miembro de una comisión de investigación de la Asociación de Estudios Latino Americanos – LASA, Latin American Studies Association – encargada de verificar la situación de los derechos humanos de los pueblos indígenas y Creoles de la región que se oponían a los intentos de su asimilación a una estructura nacional unitaria pre-concebida por el gobierno central Sandinista, tuve que dar saltos mortales analíticos para poder entender el obstinado pequeño-nacionalismo de algunos revolucionario sandinistas que insistían en considerar a los garífunas negros que hablan una lengua arawak de la Amazonía distante miles de kilómetros de su lugar de origen como una aberración social y cultural de la nación nicaragüense de hispanohablantes mestizos. Una nación –ahora revolucionaria y en camino al socialismo- que por siglos se había construido como una entidad mono-étnica vinculada a Europa y profundamente alienada de sus raíces histórica profundas. La premisa sandinista era que el socialismo revolucionario podía resolver todas las contradicciones secundarias tales como las identidades étnicas y las lealtades lingüísticas disputadas. Una vez que la promesa de una igualdad social y económica es comprendida y asumida por el pueblo revolucionario, la cuestión de la democracia cultural y de la autonomía étnica se vuelve irrelevante. Para mi, socialista obstinado, era una lección difícil de aprender a pesar de mi consciencia de que la teoría política socialista y marxista es una construcción occidental y eurocéntrica.

Terminé en los años ‘90s en la Universidad de California, Davis, no precisamente en el Departamento de Antropología sino en el de Estudios Indígenas donde con la ayuda de colegas indígenas pude deshacerme finalmente de los últimos vestigios de antropología empírica y de una cosmología eurocéntrica que todavía pesaban en mi actividad intelectual. Ocurrió también que emigrando a California desde Oaxaca estaba yo siguiendo, sin proponérmelo, la misma ruta de miles de temporaleros indígenas oaxaqueños que buscan trabajo y una oportunidad de sobrevivir las condiciones opresivas y devastadoras de sus tierras de origen. Años después me involucré en lo que titulé “La Ruta Mixteca” y la experiencia de la “Pertenencia Distante” de miles de indígenas oaxaqueños indocumentados que en sus propias tierras en Oaxaca y en California y los Estados Unidos sufren discriminación y abusos de sus derechos humanos.

Al final de este itinerario de la conciencia, la reiterada pregunta fundamental del porque son los derechos humanos básicos de los amerindios constantemente bajo ataque queda sólo parcialmente contestada. Aún más difícil es encontrar una respuesta al porque hay en las Américas tan pocas escuelas de pensamiento y centros académicos que estén éticamente comprometidos en dirigir su atención y acciones a los problemas de los derechos humanos, derechos ambientales, derechos sociales, culturales y lingüísticos de los indígenas. Mi respuesta provisional a estas preguntas puede ser encontrada en la creciente distancia que la práctica antropológica – y de la ciencias sociales en general – han establecido entre el análisis abstracto de la cultura y la economía política concreta de la cultura. Esta crisis del conocimiento y de la práctica - crisis epistémica y de praxis – es en esencia una crisis ética cuyo origen se remonta a la modernidad y su creciente y devastadora “mercantilización del mundo” y “materialización del modo de conocimiento”, fenómenos analizados ya por el crítico post-marxista Karl Polanyi en la década de los 1940s. Los efectos más dañinos de esta mercantilización del universo – y las consiguientes prácticas epistemológicas – desembocaron en una ciencia económica y en una concepción y práctica del desarrollo que el economista de Harvard Stephen A Marglin ha llamado nefasta y enemiga de la vida en comunidad2.

Una Nota Marginal. El 1º de mayo de este año 2014 un Colectivo de 22 asociaciones de estudiantes de 18 países emitieron una Declaración para una Economía Plural3 en la que argumentan que un pensamiento económico occidental dogmático ha monopolizado la enseñanza de esta disciplina de tal manera que todas las futuras generaciones de pensadores y profesionales servirán un modelo económico y de desarrollo non-pluralista desvinculado e insensible a la realidad cultural diversa y plural del mundo actuando en su lugar como misioneros evangélicos del neoliberalismo occidental.


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