La casa del dios del amor y otras ciudades amazónicas II

Autor: 
Michel Mitrani

Siempre supe, siempre me dijeron, me avisaron sin mayor reserva, antes de llegar por primera vez a Iquitos, que me iba a vivir a una isla.

El poema de John Donne me tañía y atañía cuando en febrero de 1988 vi la ciudad más grande de la Amazonía peruana desplegarse sobre la llanura de la  gama de verdes más diversa del mundo: “(…) Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.”

Sendero luminoso había iniciado, a principios de la década, uno de los episodios más nefastos de nuestra historia y en la audiencia pública de la Comisión de la Verdad y Reconciliación en Huancayo, Elías Lozano, a quien conocía desde niño, presentó como testimoniante, en 1989, un año después, el Caso Nº 10:

Nombre de la (s) víctima(s): Víctor Lozano Lozano y Manuel Soto Sullca.

Violación alegada: Asesinato

Año y período de gobierno: 1989, Gobierno del Partido Aprista Peruano

Presunto perpetrador: Integrantes del PCP-SL.

Nombre de testimoniante(s): Elías Lozano Romero

Institución que respalda: Sede Regional de la CVR

Resumen del testimonio:

El año 1988, en la zona altina del Canipaco (distritos de Chicche, Chongos Alto y Chacapampa), el PCP-SL había comenzado a incursionar con la finalidad de liquidar la SAIS "Cahuíde". En esa coyuntura se desarrollaba un debate sobre los destinos de la SAIS, alrededor de dos propuestas: la de convertir a la SAIS en empresas comunales y multicomunales, defendida por un sector importante de campesinos liderados por Víctor Lozano, la que además contaba con el apoyo de ONGs. de Huancayo y Lima; y la otra, que proponían los integrantes del PCP-SL de destrucción total de la SAIS y el reparto de sus bienes entre los campesinos. El doce de enero, cuando Víctor Lozano y Manuel Soto regresaban de Huancayo a Chicche, fueron secuestrados y asesinados por integrantes del PCP-SL.

El padre de Elías, Víctor Lozano, mi compadre y amigo admirado, y Manuel Soto Sullca, hermano espiritual y compañero de trabajo, habían sido asesinados hacía un poco menos de un mes y el dolor de corazón era el peso más grande que llevaba en la mochila y en el alma al bajar del avión.

Iquitos es una isla. Todavía sonrío al recordar la descripción que traía como un “brochure” turístico incorporado en la imaginación.

Calurosa, bullanguera y colorida, Iquitos era la isla menos isla que se podía conocer. La música colombiana, los chocolates brasileños y la Lotto de Miami eran tan parte de la ciudad y su rutina como las nocturnas y  esquineras parrillas donde se podía comer, asados, los pescados de río más sabrosos que lograron escapar de los controles sanitarios o el plátano maduro más dulce y meloso que se podía sostener con unas manos torturadas por el ardor.

Pero John Donne no estaba dispuesto a permitir que me embruje fácilmente la pusanguera noche loretana, el ron de Caldas o el agua de Sachacorro: “¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?”, me volvió a decir al oído.

Precisamente, Iquitos tiene uno de los atardeceres más hermosos que haya podido disfrutar y estaba camino a ver, una vez más, caer el sol entre nubes de lluvia y aves, cuando escuché la voz del pasado llamándome desde el centro de la plaza de armas. Pero ese en un tema que merece un capítulo aparte.