La educación que falta

Autor: 
Moisés Panduro Coral

Ha estado en discusión por largos años el propósito de la educación. ¿Para qué educamos? ¿Qué buscamos al enseñar o aprender los contenidos curriculares? ¿Hacia donde orientamos los esfuerzos y recursos?. La vertiginosa y cambiante dinámica de la civilización mundial obliga a realizarnos esta pregunta, independientemente de que seamos o no docentes o alumnos en cualquiera de los niveles y modalidades educativas que se ofertan, pues todo proceso debe tener un sentido y unos resultados esperados, realizables y definidos.

El aserto anterior es válido para la educación oficial, aquella que diseña e implementa el Estado a través de los gobiernos, la que está en manos de especialistas y tecnócratas; la de los profesores egresados de universidades e institutos, de los sindicatos y sus reivindicaciones, de la burocracia y sus sueldos, de los abecedarios y libros de editoriales, de la planificación de clases y las supervisiones de su cumplimiento, de las asociaciones de padres de familia y las promociones de fin de año, la del aula y la pizarra, los uniformes, las mochilas, el qaliwarma, el presupuesto asignado, las construcciones de colegios, el calvario de los contratos de cada año.

Sin embargo, hay una forma de educación que tiene lugar en otros espacios y viene de allende los tiempos, no se hace a través de instituciones oficiales, no categoriza al educando por edades, el educador no recibe títulos ni grados académicos, ni sueldos, no existe la calificación vigesimal ni de otro tipo. Ésta es la educación comunitaria, una educación que elabora y transfiere conocimientos, desarrolla destrezas y habilidades, fecunda valores y plasma actitudes. Es la educación de los diversos saberes, la que enseñan los padres a sus hijos, la comunidad a sus miembros, la que germina triunfante en el campo abonado de la solidaridad, la honestidad y el respeto entre las personas, y entre éstas y la naturaleza. Es la educación para el “buen vivir”, desde la vivencia y para la vivencia, la educación del “aprender viviendo”.

Hay mucho por hacer para recuperar y fortalecer esta forma de educación. Aún cuando la Ley 28044 en su artículo 48º proclama que el Estado promueve, valora y reconoce, en los ámbitos nacional, regional y local, iniciativas de educación comunitaria, hace falta un encadenamiento eficaz con y entre las organizaciones sociales que la emprenden; una sistematización y transferencia de saberes vivenciales, pedagógicos, tecnológicos y filosóficos que contribuyan a cerrar las brechas del sistema educativo y formacional que hasta ahora está en deuda con la eficacia; una nueva actitud y compromiso para entender que la educación no es únicamente el proceso que va desde la inicial hasta la Universidad, con entrega de cartoncitos por grado, sino algo que está en la profundidad del yo, en la respuesta social a los desafíos de la vida, en la relación entre el hombre y la tierra, su casa grande.

El nuestro es un país diverso, lo sabemos. Cometemos un grave error cuando queremos homogeneizar lo que no es homogeneizable. Corregir ese error, es uno de los retos de la educación comunitaria.