Un mal comunista

Oswaldo Chacho D’Acevedo

Oswaldo Chacho D’Acevedo – Nov, 2011

Hace unos días fui a visitar a Cortázar. Sabía que estaba enfermo. No pudo recuperarse de una hemorragia interna que sufrió hace tres años. Lo encontré despeinado, vistiendo ropa de dormir y con una taza de café en la mano. Se acababa de despertar. Era un poco más de medio día y había llovido toda la noche y gran parte de la mañana. El día permanecía oscuro; caían garúas tristes sobre la ciudad. Me recibió con su sonrisa, siempre dulce, pero no me dio los buenos días (nunca lo hace). Lo primero que me dijo fue: “cada vez escribo peor, Ramón”, y soltó una risotada que explicaba la confianza con la que hablaba; y continuó: “¿Te das cuenta de la paradoja?: durante casi toda mi vida he luchado por hablar y escribir de manera correcta, y ahora llego a la conclusión que el hablar y el escribir correctamente es una limitación absurda. Ramón; siento que he perdido mucho tiempo preocupándome por las reglas; sólo me quedan unos meses de vida y temo no poder corregir muchas de las cosas que he dicho y que ahora me parecen incorrectas”. Cortázar siempre es así. Es un placer verlo, no importan sus fachas, pero es aún mayor placer escucharlo hablar; pues habla y habla de lo que le apasiona y, cuando lo hace, contagia su pasión y entusiasmo a quienes lo están escuchando; es capaz de volver los días tristes, como éste, en cálidos momentos de euforia. Cortázar es de esas personas que parecen respirar por todos; cuando estás a su lado no hace ni frio ni calor… hace Cortázar (alguien dijo esto de García Lorca y es también verdad en Julio).

Estoy escribiendo, Ramón, y cada vez lo hago peor; – me dijo - eso me llena el espíritu, es decir, ya no me importan las palabras, sólo el mensaje. ¿Te Imaginas? – continuó diciendo- toda mi vida enfrascado en reglas y ahora me parece que es imposible que las reglas, rígidas como son, nos sirvan, de manera completa, para lograr nuestro objetivo de expresar y comunicar la vida. ¡Las reglas son tan subyugantes que creo que son fascistas! – dijo esto último soltando una nueva carcajada-. Estoy escribiendo una selección de cuentos donde me importa más el decir, que el cómo decirlo; pero no hablo sólo de los personajes, Ramón, creo que el relator también debe optar por claridad en vez de regla. Siguió hablando sobre ello, mientras me invitaba una taza de café que yo acepté de buen grado.

El departamento de Cortázar estaba hecho un aquelarre literario; no estaba sucio, pero sí muy desordenado, con libros, cuadernos y hojas sueltas por todos lados. En la mesa de la cocina había un pequeño espacio donde aún estaba un plato con restos de comida, probablemente, de la noche anterior. “No viene la muchacha aún”, me dijo con tono de explicación, pero no de disculpa. Me dijo que desde que murió Carola el departamento sólo se limpia. Cortázar tiene prohibido, a la mucama, ordenar nada de sus libros y apuntes; ella viene a diario, por las tardes, sólo para limpiarle el lugar. Su desorden es su santuario; como muchos otros genios, él gusta de tener su propio “orden”. Cortázar trabaja hasta altas horas de la madrugada y descansa por las mañanas.

También soy un mal comunista - me dijo- creo que no fui uno bueno, así que he decidido escribir mal y ser un mejor comunista. Son dos cosas de las que me arrepiento. – continuó – Un buen comunista sufre al menos cinco años de cárcel en su vida (le gustaba usar números exactos), yo no he sido encarcelado ni una sola vez; no fui un buen comunista, así que, al menos trataré, en lo que me resta de vida, de escribir mal y ser un mejor comunista. No como tú, Ramón, tú ya no eres comunista. Te has pasado a la parte opuesta. Está bien… ya me aburrían nuestras charlas donde nos dábamos ‘cuerda’ criticando al imperialismo. Pero tengo un problema – siguió hablando – sé cómo escribir mal, pero no sé cómo ser un mejor comunista; ¿crees que seré un mejor comunista en los días que me quedan, Ramón?, además estoy solo, lo cual es malo; con Carola armábamos las tertulias y todo el mundo venía; ella se encargaba de la ensalada y yo de la carne, ella del postre y yo del vino, ella bailaba tango y yo fumaba; la extraño mucho, Ramón, creo que ella me ayudaría a ser un mejor comunista; ella era una comunista, una mala comunista, como cualquiera de su patria podría serlo; una comunista aburguesada a la que le gustaban los quesos y los chorizos; eso lo aprendió de mí.

Bueno Ramón, ¿a qué has venido? Le dije que iba de paso a una conferencia y que quise pasar a verlo. Ah – respondió- gracias; pensé que tú también querías darme el sermón de que me debo cuidar. Me cuido; – continuó hablando - lo único que no puedo dejar es el cigarrillo y el café; pero los chorizos y los quesos sólo los como en fines de semana y si es que alguien viene a visitarme; siempre viene alguien; más bien vienen muchos; sólo que no está Carola, la extraño mucho, Ramón, ya no es como antes; lo único que quiero ahora es escribir mal y ser un mejor comunista. Cuando me despedí, lo hice con la sensación de que no volvería a verlo vivo; pero me fui tranquilo; sufre su enfermedad como todos los enfermos, pero está haciendo, como siempre, lo que le da la gana y de la manera que le gusta; tengo la seguridad que logrará escribir tan mal como quiera; pero sé, también, que morirá sin ser un mejor comunista; no creo que pueda ir a la cárcel por nada del mundo.

Ramón, Barranco – 1983

Nota posterior:

Cortázar murió el año pasado, en febrero. Dijeron que la leucemia terminó con él. Sus casi dos metros de estatura se redujeron a nada. Visité su tumba hace unos días; está, como él lo había pedido, en el mismo sitio en que colocaron a Carola. Fue raro, era la primera vez que su voz no era la dominante de la reunión, aunque en el lugar no hacía ni frio ni calor… hacía Cortázar. París – 1985