Para construir una educación ambiental amazónica

Gabel Daniel Sotil García

La región amazónica constituye las dos terceras partes de la extensión de nuestro país. En ella se sitúan nuestra mayor riqueza material: el bosque; también nuestra mayor riqueza espiritual: la diversidad etnolingüística.

Pero es tal la interrelación entre ambas, que es imposible pensar en una sin la otra.

La primera es el soporte físico, espacial, el componente ecológico.

La segunda, constituye la fuerza dinamizadora; es el componente socio-cultural.

De la interrelación armónica de ambos componentes depende nuestro futuro.

Y los pueblos indígenas amazónicos nos han demostrado cómo lograr esta armonía. En este sentido, hay ya una antigua sabiduría acumulada, que es ignorada por la cultura oficial y dominante.

Y como la educación formal, la que se ejecuta en las instituciones educativas es pensada, diseñada, administrada y controlada dentro de la lógica de esta cultura, en ella no tiene cabida esta sabiduría ni la intención de formar a las nuevas generaciones en la perspectiva de una búsqueda de la armonía entre el hombre y su medio.

No le interesa la formación ambientalista o, para el caso, forestal, de nuestros niños.

Tenemos que entender que, para nosotros en esta región, nos es vital promover la más profunda actitud ambientalista, que no es sino educarnos para la praxis de una relación armoniosa con nuestro entorno, con nuestro BOSQUE.

Praxis que implica poner de lado nuestra altanería de considerarnos amos y señores de la naturaleza, altanería que nos está llevando a agredirla en tal forma que, de no poner fin a dicha actitud, ponemos en peligro nuestra propia supervivencia.

Praxis que implica retomar la actitud característica de las culturas nativas de esta Amazonía: el más profundo conocimiento, respeto y amor por la naturaleza. Naturaleza de la cual se consideró parte el regnícola.

Una educación ambiental bien planteada, hoy por hoy, en nuestra región amazónica tiene que partir del reconocimiento de que, al margen de nuestro bosque amazónico no tenemos posibilidades de desarrollo. Nuestro futuro está ligado a sus potencialidades. Lo que podamos ser dependerá de lo que podamos hacer sin destruir al bosque, componente fundamental de nuestra ecología.

Es en la praxis de una educación para el desarrollo sostenible que tenemos que fundamentar nuestro presente y futuro. Educarnos para aprovechar nuestra diversidad ecológica y paisajística. Educarnos para el uso racional de nuestros recursos. Educarnos para tener un profundo conocimiento de nuestro entorno. Educarnos para preservar nuestra pluriculturalidad.

En ello consiste educarnos ambientalistamente. O, mejor, forestalmente, pues nuestro ambiente o escenario existencial es el BOSQUE.

Sin embargo, a nuestra actual escuela nada de estas preocupaciones llega. Para ella no hay problemas en el ambiente. Los malos olores de los basurales y desechos sociales no llegan. Los ayes lastimeros de las avecillas, que reclaman por la pérdida de sus árboles, no llegan. La deforestación, la sobre-explotación de nuestros recursos, la contaminación de los ríos y cochas, las especies en peligro de extinción por la voracidad mercantilista de un sector de nuestra sociedad, no le preocupan.

Esta institución, que es fundamental para la formación de actitudes y valores ecologistas, se mantiene básicamente marginal, lejana, indiferente. Allí nuestros niños aprenden a salvar al mundo sin preocuparse de su entorno inmediato.

Esta indiferencia por nuestro presente y futuro de una institución tan importante tiene que terminar.

Es en la intimidad de la escuela en donde nuestra niñez tiene que sensibilizarse a los problemas de su entorno ambiental. A tomar posición frente a ellos.

Es allí en donde tiene que comenzar a comprometerse en la práctica de comportamientos individuales y grupales que no dañen a su entorno.

El no brindar a nuestra niñez una fuerte y profunda educación ambiental sólo beneficia a los grupos de poder económico que quieren seguir teniendo a nuestra región como la "gran despensa", en donde está guardado todo aquello que puedan extraer y exportar. Porque la ausencia de sensibilidad ante la explotación irracional de nuestros recursos permite y permitirá su indiferencia frente al saqueo de nuestras riquezas materiales y la destrucción de nuestra riqueza espiritual.

Es, entonces, de la mayor urgencia, para los más altos y trascendentales intereses regionales, que brindemos una adecuada educación ambiental o forestal, con propósitos no sólo cognoscitivos, sino, fundamentalmente, para formar personalidades decididamente defensoras de nuestro entorno ecológico y socio-cultural. Es decir, nuestro ambiente, integralmente considerado.

Nuestras instituciones educacionales, si quieren ser educativas, tienen que dejar su indiferencia y transformarse en agencias de formación de la estructura psíquica básica para que en nuestra niñez germinen la sensibilidad, el deseo de conocimiento y el compromiso con nuestro entorno ambiental.

Allí tienen que aprender nuestros niños a apreciar la naturaleza, a disfrutar sus manifestaciones vitales, a respetar sus leyes, a protegerla de las agresiones.

Allí tiene que comenzar, como consecuencia de actividades convenientemente programadas, a comprometerse con la defensa de su ambiente. A tomar conciencia de que ellos son parte o integrantes del mismo y que las condiciones de él, repercuten en su salud personal y grupal.

Allí tiene que comenzar a descubrir, las leyes que rigen la dinámica de nuestro bosque. Sus componentes, sus interrelaciones, su significado trascendente.

Allí tiene que aprender que es necesaria una relación armoniosa.

Que una avecilla, una mariposa, son manifestaciones sublimes de una naturaleza que ama al hombre. No para matarlas, no para perseguirlas.

Allí tiene que empezar el niño a valorar a su entorno.

Allí tiene que comenzar el niño a tener una conciencia de las potencialidades que tiene nuestra región.

No debemos olvidar que el aprovechamiento y desarrollo de nuestro potencial turístico regional tiene que fundamentarse en una cultura turística que implique la participación de todos, niños y adultos, en el conocimiento y difusión de esta riqueza, racionalmente aprovechada para nuestro desarrollo social. Es decir, una cultura ambientalista.

Es, pues, de la mayor importancia que prioricemos una EDUCACION AMBIENTAL O FORESTAL para atender las necesidades de nuestro presente y futuro regionales.

Y es que debemos tener muy presente que, después de casi cinco siglos de una práctica depredatoria de nuestros recursos naturales y de una sistemática destrucción de nuestras riquezas espirituales, adecuadamente justificadas por los mitos ideológicos que fueran creados con dicho fin, ya tenemos suficientes evidencias de que el modelo extractivo-mercantilista, de carácter exportador, que nos fuera impuesto para lograr nuestro desarrollo regional, es absolutamente negativo para nuestros intereses regionales.

Los mejores productos que de dicho modelo hemos obtenido son:

  • la sobre-explotación de algunos recursos forestales,
  • la deforestación y la consiguiente degradación de nuestro suelo,
  • la contaminación de ríos, quebradas y cochas,
  • la extinción de algunas especies faunísticas,
  • la degradación de algunos ecosistemas particulares.
  • Etc.

Estos, en lo ecológico.

En lo social, sus consecuencias son:

  • la lenta, pero indetenible destrucción de nuestra grandiosa riqueza espiritual constituida por la diversidad étnica y lingüística,
  • la malnutrición, que en nuestra niñez avanza como un monstruo devorador, dejando terribles secuelas, orgánicas y psíquicas,
  • la morbimortalidad materno-infantil, que se sigue incrementando,
  • en general, la pobreza que, en una especie de círculo vicioso, es causa de mayor pobreza.

Estas consecuencias no son sino el producto natural de la lógica cultural que ha venido imponiéndose en nuestra región en dicho lapso.

Lógica dentro de la cual el bosque, y cuanto recurso provenga de él, es pasible de extracción y exportación. Es ésta, precisamente, la práctica predominante y característica de estos cinco siglos.

Sin embargo, es interesante notar que esta práctica exportadora y destructiva de nuestro ambiente ha venido siendo adecuadamente encubierta ante los ojos de quienes vivimos en esta región, creándonos una falsa imagen de ella, mediante la difusión de una serie de mitos ideológicos, que han generado diversas relaciones tergiversadas con nuestra región.

Por todo ello es que se hace impostergable la vigencia de un nuevo modelo de desarrollo: el desarrollo sustentable, que tiene que ser el fruto de una nueva ética que se ponga en vigencia en las relaciones con nuestro bosque.

En el marco de este nuevo modelo, inspirado en lo más lúcido de la creación indígena, el énfasis tiene que ser puesto en el valor de nuestras fuerzas psicosociales internas, cuya movilización tiene que ser promovida para buscar mejores condiciones de vida social.

En este nuevo modelo de desarrollo, deberemos enfatizar el rol del hombre, como individuo y como grupo organizado, en cuyas fuerzas psicosociales radican las posibilidades de lograr mejores niveles de satisfacción de nuestras necesidades.

Es a esto a lo que llamamos autodesarrollo o desarrollo endógeno, en cuyo marco conceptual la ayuda externa, el capital foráneo y transnacional, no es la condición sine qua non para lograr nuestros propósitos sociales.

Con la vigencia del modelo de desarrollo sustentable o sostenible, será posible:

  • el uso racional de nuestros recursos naturales,
  • la protección de nuestro ambiente ecológico,
  • el respeto a nuestros Pueblos y Culturas Indígenas y Mestizas,
  • el fortalecimiento de nuestra identidad cultural,
  • la práctica del dialogo intercultural,
  • nuestro protagonismo en las decisiones y acciones de trascendencia social,
  • el fortalecimiento de nuestras fuerzas psicosociales,
  • etc.

Pero, poner en vigencia este modelo de desarrollo requiere no sólo de buenas intenciones, como las que expresamos en este documento, sino, fundamentalmente, acertadas decisiones que, a nuestro entender, tienen que comenzar en el campo educacional.

Y tienen que comenzar, precisamente, con una educación ambiental bien planteada.

Y una educación ambiental bien planteada significa educarnos para aprovechar nuestra diversidad ecológica y paisajística, sin destruirla. Educarnos para el uso racional de nuestros recursos naturales. Educarnos para tener un profundo conocimiento de nuestro entorno. Educarnos para preservar nuestra pluriculturalidad.

En el marco de una educación con estos fines, nuestros centros educativos tienen que dejar su indiferencia y transformarse en agencia de formación de la estructura psíquica básica para que en nuestros niños germinen la sensibilidad, el deseo de conocimiento y el compromiso con nuestro entorno ambiental.

Y la destrucción de los mitos ideológicos.

En el marco de la educación formal, nuestros educandos deben formarse en el análisis de los comportamientos que causan la contaminación de las aguas de ríos y cochas, la tala indiscriminada de nuestros árboles, la defertilización de nuestro suelo, el irracional uso de nuestros recursos naturales, etc.

Esta toma de conciencia posibilitará que ellos se incorporen a los agentes entre quienes radica la solución de tales problemas. Es decir, que asuma responsabilidades individuales y sociales en la conservación de un ambiente propicio para nuestro desarrollo social.

Sensibilizar a nuestra niñez y juventud en la problemática ambiental, debe ser componente fundamental de su formación como parte de la estrategia para que devengan en activos promotores de la conservación de su ambiente, a partir de la práctica de comportamientos positivos para tal fin.

En consecuencia, podemos afirmar que:

  • Muchos de los problemas ambientales, los más graves en nuestra región, tienen su causa en el modelo de desarrollo extractivo-mercantilista de carácter exportador, impuesto a nuestra región para servir intereses de las castas dominantes.
  • En la vigencia de este modelo, la educación desempeñó y viene desempeñando un rol de primerísima importancia.
  • Para superar estos graves problemas es necesario reemplazar dicho modelo por el del desarrollo sostenible.
  • La puesta en vigencia de este nuevo modelo de desarrollo, por lo tanto, requiere de la intervención de la educación, pero no de la actual, sino de una nueva educación.
  • Para ello será necesario hacer de la educación un instrumento para crear las condiciones psíquicas que posibiliten la vigencia del desarrollo sustentable.
  • Por lo tanto, la educación ambiental tiene que ser concebida como un instrumento para servir a los Intereses amazónicos más trascendentes.