Carreteras y ambiente

Autor: 
Moisés Panduro Coral

He leído que se pone en cuestión la necesidad de una carretera que una Iquitos con la costa norte, y a través de ella, con todo el país. Dicen: “Si los loretanos tienen ríos ¿para qué necesitan una carretera?”. Una falacia como ésta da lugar a que nos hagamos, con todo derecho, dos preguntas en el mismo sentido: “Si los costeños tienen el mar en toda su extensión longitudinal más las 200 millas ¿para que necesitan la carretera Panamericana que los lleva desde Tumbes hasta Tacna”; o también: “Por qué los puneños tienen una carretera que los conecta con Bolivia, si es suficiente con que crucen el lago Titicaca de una orilla a otra”. Ambas preguntas son, por supuesto, igual de simplonas que la primera.

Pero los que se oponen a la carretera insistirán. Dirán que una carretera no tiene el mismo impacto ambiental en la costa o en la sierra que en la amazonía, y que ello significará una deforestación intensa, que el narcotráfico, la minería, la caza y la tala ilegal harán su emporio, y que perderemos nuestros bosques por la invasión de tierras que desatará la agricultura migratoria. Pondrán el ejemplo de la deforestación en San Martín y la minería ilegal en Madre de Dios, y cuando no, de Brasil, presentando los problemas ambientales generados hace 40 años en dicho país como una nueva versión del inminente fin del mundo.

En principio, tenemos que reconocer que, efectivamente, los ecosistemas de la amazonía son muy frágiles y exponencialmente más diversos que en las demás regiones naturales. Eso nadie lo discute. Sin embargo, los efectos nocivos que se señalan no se deben a la carretera en sí misma, sino a la lenidad del Estado peruano para hacer cumplir las abundantes normas que existen en nuestro ordenamiento jurídico y que están orientadas a salvaguardar los intereses de un país que anhela prosperidad mediante el uso racional y la conservación de sus recursos. Normas que, por lo demás, son mejorables en un país que se precia de democrático.

La minería ilegal tiene diferentes causas, entre ellas la pobreza rural de las que se aprovechan los inescrupulosos que están en la cúspide de la pirámide beneficiaria de esta actividad oscura y explotadora. Algunos de ellos, con abundante dinero ilícito de por medio, han financiado acciones violentas contra la minería formal y han logrado convertirse hasta en congresistas con posturas hipócritas de izquierda. La tala ilegal es un tema en el que el Estado ha pasado de un extremo a otro: del liberalismo sordomudo al proteccionismo extremista, de la “casa sin puerta” al perro del hortelano; mientras que el narcotráfico actualmente se instala en zonas inaccesibles a las que el Estado no llega. El asentamiento humano disperso y anárquico y la agricultura migratoria que son otros dos factores dañinos, se deben a la carencia de autoridad, a la falta de ordenación de tierras y de oportunidades, así como al incipiente compromiso verde de los actores directos.

Configuradas así las cosas, la solución a estos temas no es decirle no a un proyecto. La solución pasa por la autoridad y el fortalecimiento institucional, el diálogo de intereses, la consulta –no extendible ad infinitum- a todos los involucrados y no sólo a un segmento, el tratamiento integral de las diferentes variables de un proyecto. Por eso, hemos propuesto que la elaboración e implementación de este proyecto de conexión terrestre convoque a los ministerios de Transportes, Agricultura, Ambiente, Economía y Finanzas, Interior y Defensa, junto al gobierno regional de Loreto, el Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana y el Colegio de Ingenieros de Loreto. Los peruanos podemos crear un modelo de carretera verde en el mundo, a partir de experiencias exitosas en otros países como Canadá, y con el aporte valioso de profesionales, científicos y conocedores la amazonía.

Algunos proponen otras alternativas como las hidrovías. Lo curioso es que los mismos que antes se opusieron con uñas y dientes a las hidrovías acusándolas de degradadoras de los ríos amazónicos, ahora la embanderan como alternativa válida frente a la carretera Iquitos-Costa Norte. Y para ello, no han dudado en convertirse en ángeles guardianes del erario nacional, en economistas talibanes del gasto público, arguyendo que “si el Estado ya está trabajando las hidrovías amazónicas para qué queremos una carretera”. Un argumento que nos devuelve a la falacia mencionada en las primeras líneas de este artículo.

Olvidan –por conveniencia- que las hidrovías amazónicas están siendo promovidas bajo la modalidad de concesión privada, es decir como proyectos en los que el Estado peruano no realizará gasto alguno en su implementación y puesta en operación. Obvian –adredemente- que en otras latitudes las cosas se ven en horizontes más realistas: los colombianos, por ejemplo, están haciendo nuevos planes de ampliacion de conexión terrestre de su amazonía y, al mismo tiempo, están trabajando una hidrovía amazónica en el Putumayo. Los brasileños, a pesar de tener un servicio de transporte fluvial formalizado y de buena calidad, en la que Manaos es su principal puerto, están desarrollando, a la par, la conexión de esa ciudad contemporánea de Iquitos con la red de carreteras de Brasil.

Nosotros, en Loreto y en el Perú, tenemos la obligación patriótica de hacer lo nuestro, desterrando mezquindades, visiones nostradámicas y ambientalismos virginales.